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Leopoldo Lugones: El canto de la angustia

· 4 min

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Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Michele_Amoruso_My_Love_You_re_My_Air jamendo.com Yo andaba solo y callado porque tú te hallabas lejos; y aquella noche te estaba escribiendo, cuando por la casa desolada arrastró el horror su trapo siniestro. Brotó la idea ciertamente, de los sombríos objetos: el piano, el tintero, la borra de café en la taza. Y mi traje negro. Sutil como las alas del perfume vino tu recuerdo. Los ojos de joven cordial y triste, tus cabellos, como un largo y suave pájaro de silencio (Los cabellos que resisten a la muerte con la vida de la seda, en tanto misterio). Tu boca donde suspira la sombra interior habitada por los sueños. Tu garganta donde veo palpitar como un sollozo de sangre la lenta vida en que te mece durmiendo. Un vientecillo desolado, más que soplar, tiritaba en soplo ligero. Y entre tanto, el silencio, como una blanda y suspirante lluvia caía lento. Caía de la inmensidad, inmemorial y eterno. Adivinábase afuera un cielo, peor que oscuro; un angustioso cielo ceniciento. Y de pronto, desde la puerta cerrada me dio en la nuca un soplo trémulo. Y conocí que era la cosa mala de las casas solas y miré el blanco trecho, diciéndome: «Es una absurda superstición, un ridículo miedo». Y miré la pared impávida, y noté que afuera había parado el viento. ¡Oh aquel desamparo exterior y enorme del silencio! Aquel egoísmo de puertas cerradas que sentía en todo el pueblo. Solamente no me atrevía a mirar hacia atrás, aunque estaba cierto de que no había nadie; pero nunca ¡oh nunca, habría mirado de miedo! Del miedo horroroso de quedarme muerto. Poco a poco, en vegetante pululación de escalofrío eléctrico, erizáronse en mi cabeza los cabellos, uno a uno los sentía, y aquella vida extraña era otro tormento. Y contemplaba mis manos sobre la mesa, qué extraordinarios miembros; mis manos tan pálidas, manos de muerto. Y noté que no sentía mi corazón desde hacía mucho tiempo. Y sentí que te perdía para siempre, con la horrible certidumbre de estar despierto. Y grité tu nombre con un grito interno, con una voz extraña que no era la mía y que estaba muy lejos. Y entonces en aquel grito sentí que mi corazón muy adentro, como un racimo de lágrimas, se deshacía en llanto benéfico.

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