# Gabriel García Márquez: La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (2/7)

Episodio de [Literatura](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174), de Manuel López.

- Publicado: 4 de julio de 2016
- Duración: 17 min
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- Página: https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174/episodio/4988692-gabriel-garcia-marquez-la-increible-y-triste-historia-de-la-candida-erendira-y-2

## Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Julia Fischer_Gustav Mahler Piano Quartet in a-minor Youtube.com Al amanecer, cuando por fin se acabó el viento, empezaron a caer unas gotas de lluvia gruesas y separadas que apagaron las últimas brasas y endurecieron las cenizas humeantes de la mansión. La gente del pueblo, indios en su mayoría, trataba de rescatar los restos del desastre: el cadáver carbonizado del avestruz, el bastidor del piano dorado, el torso de una estatua. La abuela contemplaba con un abatimiento impenetrable los residuos de su fortuna. Eréndira, sentada entre las dos tumbas de los Amadises, había terminado de llorar. Cuando la abuela se convenció de que quedaban muy pocas cosas intactas entre los escombros, miró a la nieta con una lástima sincera. – Mi pobre niña –suspiró–. No te alcanzará la vida para pagarme este percance. Empezó a pagárselo ese mismo día, bajo el estruendo de la lluvia, cuando la llevó con el tendero del pueblo, un viudo escuálido y prematuro que era muy conocido en el desierto porque pagaba a buen precio la virginidad. Ante la expectativa impávida de la abuela el viudo examinó a Eréndira con una austeridad científica: consideró la fuerza de sus muslos, el tamaño de sus senos, el diámetro de sus caderas. No dijo una palabra mientras no tuvo un cálculo de su valor. – Todavía está muy bache –dijo entonces–, tiene teticas de perra. Después la hizo subir en una balanza para probar con cifras su dictamen. Eréndira pesaba 42 kilos. – No vale más de cien pesos –dijo el viudo. La abuela se escandalizó. – ¡Cien pesos por una criatura completamente nueva! –casi gritó–. No, hombre, eso es mucho faltarle el respeto a la virtud. – Hasta ciento cincuenta –dijo el viudo. – La niña me ha hecho un daño de más de un millón de pesos –dijo la abuela– A este paso le harán falta como doscientos años para pagarme. – Por fortuna –dijo el viudo– lo único bueno que tiene es la edad. La tormenta amenazaba con desquiciar la casa, y había tantas goteras en el techo que casi llovía adentro como fuera. La abuela se sintió sola en un mundo de desastre. – Suba siquiera hasta trescientos –dijo. –Doscientos cincuenta. Al final se pusieron de acuerdo por doscientos veinte pesos en efectivo y algunas cosas de comer. La abuela le indicó entonces a Eréndira que se fuera con el viudo, y éste la condujo de la mano hacia la trastienda, como si la llevara para la escuela. – Aquí te espero –dijo la abuela. – Sí, abuela –dijo Eréndira. La trastienda era una especie de cobertizo con cuatro pilares de ladrillos, un techo de palmas podridas, y una barda de adobe de un metro de altura por donde se metían en la casa los disturbios de la intemperie. Puestas en el borde de adobes había macetas de cactos y otras plantas de aridez. Colgada entre dos pilares, agitándose como la vela suelta de un balandro al garete, había una hamaca sin color. Por encima del silbido de la tormenta y los ramalazos del agua se oían gritos lejanos, aullidos de animales remotos, voces de naufragio. Cuando Eréndira y el viudo entraron en el cobertizo tuvieron que sostenerse para que no los tumbara un golpe de lluvia que los dejó ensopados. Sus voces no se oían y sus movimientos se habían vuelto distintos por el fragor de la borrasca. A la primera tentativa del viudo Eréndira gritó algo inaudible y trató de escapar. El viudo le contestó sin voz, le torció el brazo por la muñeca y la arrastró hacia la hamaca. Ella le resistió con un arañazo en la cara y volvió a gritar en silencio, y él le respondió con una bofetada solemne que la levantó del suelo y la hizo flotar un instante en el aire con el largo cabello de medusa ondulando en el vacío, la abrazó por la cintura antes de que volviera a pisar la tierra, la derribó dentro de la hamaca con un golpe brutal, y la inmovilizó con las rodillas. Eréndira sucumbió entonces al terror, perdió el sentido, y se quedó como fascinada con las franjas de luna de un pescado que pasó navegando en el aire de la tormenta, mientras el viudo la desnudaba desgarrándole la ropa con zarpazos espaciados, como arrancando hierba, desbaratándosela en largas tiras de colores que ondulaban como serpentinas y se iban con el viento. Cuando no hubo en el pueblo ningún otro hombre que pudiera pagar algo por el amor de Eréndira, la abuela se la llevó en un camión de carga hacia los rumbos del contrabando. Hicieron el viaje en la plataforma descubierta, entre bultos de arroz y latas de manteca, y los saldos del incendio: la cabecera de la cama virreinal, un ángel de guerra, el trono chamuscado, y otros chécheres inservibles. En un baúl con dos cruces pintadas a brocha gorda se llevaron los huesos de los Amadises. La abuela se protegía del sol eterno con un paraguas descosido y respiraba mal por la tortura del sudor y el polvo, pero aún en aquel estado de infortunio conservaba el dominio de su dignidad. Detrás de la pila de latas y sacos de arroz, Eréndira pagó el viaje y el transporte de los muebles haciendo amores de a veinte pesos con el carguero del camión. Al principio su sistema de defensa fue el mismo con que se había opuesto a la agresión del viudo. Pero el método del carguero fue distinto, lento y sabio, y terminó por amansarla con la ternura. De modo que cuando llegaron al primer pueblo, al cabo de una jornada mortal, Eréndira y el carguero se reposaban del buen amor detrás del parapeto de la carga. El conductor del camión le gritó a la abuela: – De aquí en adelante ya todo es mundo. La abuela observó con incredulidad las calles miserables y solitarias de un pueblo un poco más grande, pero tan triste como el que habían abandonado. – No se nota –dijo. – Es territorio de misiones –dijo el conductor. – A mí no me interesa la caridad sino el contrabando –dijo la abuela. Pendiente del diálogo detrás de la carga, Eréndira hurgaba con el dedo un saco de arroz. De pronto encontró un hilo, tiró de él, y sacó un largo collar de perlas legítimas. Lo contempló asustada, teniéndolo entre los dedos como una culebra muerta, mientras el conductor le replicaba a la abuela: – No sueñe despierta, señora. Los contrabandistas no existen. – ¡Cómo no –dijo la abuela–, dígamelo a mí! – Búsquelos y verá –se burló el conductor de buen humor–. Todo el mundo habla de ellos, pero nadie los ve. El carguero se dio cuenta de que Eréndira había sacado el collar, se apresuró a quitárselo y lo metió otra vez en el saco de arroz. La abuela, que había decidido quedarse a pesar de la pobreza del pueblo, llamó entonces a la nieta para que la ayudara a bajar del camión. Eréndira se despidió del cargador con un beso apresurado pero espontáneo y cierto. La abuela esperó sentada en el trono, en medio de la calle, hasta que acabaron de bajar la carga. Lo último fue el baúl con los restos de los Amadises. – Esto pesa como un muerto –rió el conductor. –Son dos –dijo la abuela–. Así que trátelos con el debido respeto. – Apuesto que son estatuas de marfil –rió el conductor. Puso el baúl con los huesos de cualquier modo entre los muebles chamuscados, y extendió la mano abierta frente a la abuela. – Cincuenta pesos –dijo. La abuela señaló al carguero. – Ya su esclavo se pagó por la derecha. El conductor miró sorprendido al ayudante, y éste le hizo una señal afirmativa. Volvió a la cabina del camión, donde viajaba una mujer enlutada con un niño de brazos que lloraba de calor. El carguero, muy seguro de sí mismo, le dijo entonces a la abuela: – Eréndira se va conmigo, si usted no ordena otra cosa. Es con buenas intenciones. La niña intervino asustada. – ¡Yo no he dicho nada! – Lo digo yo que fui el de la idea –dijo el carguero. La abuela lo examinó de cuerpo entero, sin disminuirlo, sino tratando de calcular el verdadero tamaño de sus agallas. – Por mí no hay inconveniente –le dijo– si me pagas lo que perdí por su descuido. Son ochocientos setenta y dos mil trescientos quince pesos, menos cuatrocientos veinte que ya me ha pagado, o sea ochocientos setenta y un mil ochocientos noventa y cinco. El camión arrancó. – Créame que le daría ese montón de plata si lo tuviera –dijo con seriedad el carguero–. La niña los vale. A la abuela le sentó bien la decisión del muchacho. –Pues vuelve cuando lo tengas, hijo –le replicó en un tono simpático–, pero ahora vete, que si volvemos a sacar las cuentas todavía me estás debiendo diez pesos. El carguero saltó en la plataforma del camión que se alejaba. Desde allí le dijo adiós a Eréndira con la mano, pero ella estaba todavía tan asustada que no le correspondió En el mismo solar baldío donde las dejó el camión, Eréndira y la abuela improvisaron un tenderete para vivir, con láminas de cinc y restos de alfombras asiáticas. Pusieron dos esteras en el suelo y durmieron tan bien como en la mansión, hasta que el sol abrió huecos en el techo y les ardió en la cara. Al contrario de siempre, fue la abuela quien se ocupó aquella mañana de arreglar a Eréndira. Le pintó la cara con un estilo de belleza sepulcral que había estado de moda en su juventud, y la remató con unas pestañas postizas y un lazo de organza que parecía una mariposa en la cabeza. – Te ves horrorosa –admitió– pero así es mejor: los hombres son muy brutos en asuntos de mujeres. Ambas reconocieron, mucho antes de verlas, los pasos de dos mulas en la yesca del desierto. A una orden de la abuela, Eréndira se acostó en el petate como lo habría hecho una aprendiza de teatro en el momento en que iba a abrirse el telón. Apoyada en el báculo episcopal, la abuela abandonó el tenderete y se sentó en el trono a esperar el paso de las mulas. Se acercaba el hombre del correo. No tenía más de veinte años, aunque estaba envejecido por el oficio, y llevaba un vestido de caqui, polainas, casco de corcho, y una pistola de militar en el cinturón de cartucheras. Montaba una buena mula, y llevaba otra de cabestro, menos entera, sobre la cual se amontonaban los sacos de lienzo del correo. Al pasar frente a la abuela la saludó con la mano y siguió de largo. Pero ella le hizo una señal para que echara una mirada dentro del tenderete. El hombre se detuvo, y vio a Eréndira acostada en la estera con sus afeites póstumos y un traje de cenefas moradas. – ¿Te gusta? –preguntó la abuela. El hombre del correo no comprendió hasta entonces lo que le estaban proponiendo. – En ayunas no está mal –sonrió. – Cincuenta pesos –dijo la abuela. – ¡Hombre, lo tendrá de oro! –dijo él–. Eso es lo que me cuesta la comida de un mes. – No seas estreñido –dijo la abuela–. El correo aéreo tiene mejor sueldo que un cura. – Yo soy el correo nacional –dijo el hombre–. El correo aéreo es ése que anda en un camioncito. – De todos modos el amor es tan importante como la comida –dijo la abuela. – Pero no alimenta. La abuela comprendió que a un hombre que vivía de las esperanzas ajenas le sobraba demasiado tiempo para regatear. – ¿Cuánto tienes? –le preguntó. El correo desmontó, sacó del bolsillo unos billetes masticados y se los mostró a la abuela. Ella los cogió todos juntos con una mano rapaz como si fueran una pelota. – Te lo rebajo –dijo– pero con una condición: haces correr la voz por todas partes. – Hasta el otro lado del mundo –dijo el hombre del correo–. Para eso sirvo. Eréndira, que no había podido parpadear, se quitó entonces las pestañas postizas y se hizo a un lado en la estera para dejarle espacio al novio casual. Tan pronto como él entró en el tenderete, la abuela cerró la entrada con un tirón enérgico de la cortina corrediza. Fue un trato eficaz. Cautivados por las voces del correo, vinieron hombres desde muy lejos a conocer la novedad de Eréndira. Detrás de los hombres vinieron mesas de lotería y puestos de comida, y detrás de todos vino un fotógrafo en bicicleta que instaló frente al campamento una cámara de caballete con manga de luto, y un telón de fondo con un lago de cisnes inválidos. La abuela, abanicándose en el trono, parecía ajena a su propia feria. Lo único que le interesaba era el orden en la fila de clientes que esperaban turno, y la exactitud del dinero que pagaban por adelantado para entrar con Eréndira. Al principio había sido tan severa que hasta llegó a rechazar un buen cliente porque le hicieron falta cinco pesos. Pero con el paso de los meses fue asimilando las lecciones de la realidad, y terminó por admitir que completaran el pago con medallas de santos, reliquias de familia, anillos matrimoniales, y todo cuanto fuera capaz de demostrar, mordiéndolo, que era oro de buena ley aunque no brillara. Al cabo de una larga estancia en aquel primer pueblo, la abuela tuvo suficiente dinero para comprar un burro, y se internó en el desierto en busca de otros lugares más propicios para cobrarse la deuda. Viajaba en unas angarillas que habían improvisado sobre el burro, y se protegía del sol inmóvil con el paraguas desvarillado que Eréndira sostenía sobre su cabeza. Detrás de ellas caminaban cuatro indios de carga con los pedazos del campamento: los petates de dormir, el trono restaurado, el ángel de alabastro y el baúl con los restos de los Amadises. El fotógrafo perseguía la caravana en su bicicleta, pero sin darle alcance, como si fuera para otra fiesta. Habían transcurrido seis meses desde el incendio cuando la abuela pudo tener una visión entera del negocio. – Si las cosas siguen así –le dijo a Eréndira– me habrás pagado la deuda dentro de ocho años, siete meses y once días. Volvió a repasar sus cálculos con los ojos cerrados, rumiando los granos que sacaba de una faltriquera de jareta donde tenía también el dinero, y precisó: – Claro que todo eso es sin contar el sueldo y la comida de los indios, y otros gastos menores. Eréndira, que caminaba al paso del burro agobiada por el calor y el polvo, no hizo ningún reproche a las cuentas de la abuela, pero tuvo que reprimirse para no llorar. – Tengo vidrio molido en los huesos –dijo. – Trata de dormir. – Sí, abuela. Cerró los Ojos, respiró a fondo una bocanada de aire abrasante, y siguió caminando dormida.

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