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Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 10/29)

· 4 min

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Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Greendjohn_Last_Breath jamendo.com X Coro: El nacimiento de Telémaco (idilio) Nueve meses navegó por los rojos mares de la sangre de su madre tras salir de la cueva de la temida Noche, de un letargo poblado de perturbadores sueños en su frágil y oscuro barco, el barco que era él mismo. Por el peligroso océano de su inmensa madre navegó desde la lejana gruta donde las tres Moiras, concentradas en su truculenta labor, hilan los hilos de la vida de los mortales, y luego los miden, y luego los cortan. Y nosotras, las doce a las que más tarde él daría muerte por orden de su implacable padre, navegábamos también, en los frágiles barcos que éramos nosotras mismas, por los turbulentos mares de nuestras madres, hinchadas )' r0n bs pies doloridos, que no eran reinas, sino un grupo variopinto de mujeres compradas, canjeadas, capturadas, robadas a siervos y desconocidos. Tras el viaje de nueve meses alcanzamos la orilla, desembarcamos al tiempo que él lo hacía, zarandeadas por un viento hostil. Éramos bebés, igual que él; llorábamos igual que él, estábamos indefensas, igual que él, pero diez veces más indefensas, pues su nacimiento se anhelaba y fue celebrado, mientras que los nuestros no. Su madre dio a luz a un príncipe. Nuestras madres simplemente parieron, desovaron, nos echaron. Nosotras éramos crías de animales, de las que uno podía deshacerse a su antojo, vender, ahogar en el pozo, canjear, utilizar, desechar cuando ya no luciéramos. A él lo engendraron; nosotras simplemente aparecimos, como los azafranes de primavera, las rosas, los gorriones engendrados en el barro. Nuestras vidas estaban entrelazadas con la suya; nosotras también éramos niñas cuando él era un niño; éramos sus mascotas y sus juguetes, sus hermanas de mentira, sus pequeñas compañeras. Crecíamos, igual que él, y reíamos y corríamos igual que él, aunque más sucias, más hambrientas, más bronceadas. Él nos consideraba suyas, para lo que se le antojara: para servirle y darle de comer, para lavarlo, para distraerlo, para mecerlo hasta que quedara dormido en peligrosos barcos que éramos nosotras mismas. No sabíamos, mientras jugábamos con él en la playa de nuestra rocosa isla, cerca del puerto, que apenas alcanzada la adolescencia nos iba a matar a sangre fría. De haberlo sabido, ¿lo habríamos ahogado entonces? Los niños son crueles y egoístas: todos quieren vivir. Doce contra uno: lo habría tenido difícil. ¿Lo habríamos hecho? En sólo un minuto, cuando nadie mirara. Habríamos podido hundir su pequeña cabeza, todavía inocente, en el agua con nuestras infantiles manos de niñera, todavía inocentes, y culpar de lo ocurrido al mar, ¿Nos habríamos atrevido? Preguntádselo a las Tres Moiras, que con sus hilos trazan laberintos de color sangre, y entrelazan las vidas de hombres y mujeres. Sólo ellas saben qué rumbo habrían podido tomar los acontecimientos. Sólo ellas conocen nuestros corazones. De nosotras no obtendréis respuesta.

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