Gabriela Mistral: La bella durmiente (versión poética del cuento de Perrault)
Sobre este episodio
Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: GingerTom_The_Frog_Prince Jamendo.com Hace tantos, tantos años que imposible es el contar, que a dos reyes nació un día una niña divinal. Era linda, linda como si no fuese de verdad; era hermosa como un sueño que de hermoso hace llorar. Al bautizo de la Infanta el rey quiso convidar a las hadas, que reparten, como harina, el bien y el mal… Siete hadas se sentaron al feliz banquete real. Cada una de las siete entregando fue al entrar una rara maravilla que traía en el morral. Y una trajo la armonía, otra la felicidad, una el don de hacer la danza, otra el don de hacerse amar, una el de volverse pájaro, otra el don de atravesar las montañas y los mundos, cual la abeja su panal. En la mesa recibieron para hincarlo en su manjar, un cubierto de oro puro con diamantes de cegar… cuando apenas se sentaban, golpeó otra comensal: era una hada, vieja y fea, con hocico de chacal. Se sentó a la mesa y dijo: —“Me olvidasteis como al Mal, pero vine aquí a traeros la genciana del pesar”. “La princesa tendrá todo: cielos, naves, tierra y mar, pero un día entre sus manos con un huso jugará. y la dueña de la Tierra con el huso más banal, en el brazo de jazmines se dará golpe mortal…”. Las siete hadas se quedaron blancas, blancas de ansiedad; tembló el rey como una hierba y la reina echó a llorar. Las macetas sin un viento todos vimos deshojar; los manteles se rasgaron y se puso negro el pan. Pero un hada que era niña levantó su fina voz: era un hada pequeñita, se llamaba Corazón. —“Hada fea, turba-fiestas, rompedora de canción, nos quebraste la alegría, y yo quiebro tu traición”. “La princesa será herida, más, por gracia del Señor, va a dormirse por 100 años, hasta la hora del amor”. “Para que cuando despierte no se llene de terror, que se duerma el mundo todo al callar su corazón…”. — El rey hizo que buscaran entre lana y algodón, cuantos husos estuvieran hila que hila bajo el sol. Recogieron tantos, tantos, que una parva se vio alzar. pero se quedó escondido el de la Fatalidad. Fue creciendo la princesa más aguda que la sal, más graciosa que los vientos y tan viva como el mar… La seguían 100 doncellas como sigue al pavo real el millón de ojos ardientes de su cola sin igual. La seguían por los ríos si bajábase a bañar, la seguían cual saetas por el aire de cristal… Ningún huso hilaba lana en el reino nunca más. Uno hilaba en el palacio, invisible como el Mal. ------- La princesa una mañana en el techo oyó cantar, y subió siguiendo el canto, y llegando fue al desván. Una vieja hilaba en suave lana blanca, el negro Mal; le pidió la niña el huso, el de la Fatalidad. La mordió como una víbora en el brazo. Y no fue más… La princesa cayó al suelo para no volverse a alzar. Acudió la corte entera con rumor como de mar. La pusieron en su lecho y empezó el maravillar. — Se durmió la mesa regia, se durmió el pavón real, se durmió el jardín intacto, con la fuente y el faisán; Se durmieron los 100 músicos y las arpas y el timbal: se durmió la que lo cuenta, como piedra y sin soñar… Al salir de su palacio el monarca, se durmió todo el bosque palpitante extendido alrededor. — Y pasaron los 100 años; un rey y otro más subió. La princesa se hizo cuento, como el Pájaro hablador. A aquel bosque negro, negro, hombre ni ave penetró: lo esquivó Caperucita santiguándose de horror… — Va ahora un príncipe de caza (todo rey es cazador). Orillando pasa el bosque que está mudo como un Dios. Se desmonta tembloroso y pregúntale a un pastor lo que esconde el bosque erguido con color de maldición. Y el pastor le va contando embriagado de ficción, de la niña que ha 100 años en su lecho se durmió. — Y entra el príncipe en la selva que se entreabre, maternal… Le detiene un alto muro y lo logra derribar; le detiene una honda estancia de apretada obscuridad; atraviesa la honda estancia, toca un lecho, y busca más… Y detiénele el prodigio de la niña fantasmal. — Duerme blanca cual la escarcha que se cuaja en el cristal: duermen alma y cuerpo en ella: derramada está la paz en las sienes sin latido, en la trenza sin tocar, y en el párpado que cae, puro sueño y suavidad… Y él se inclina hacia el semblante (ya ni puede respirar). Y su boca besa la otra, pálida de eternidad, y las rosas de la vida entreabriendo suaves van… Y los párpados se alzan, ¡qué pesados de soñar! y los labios desabrochan y diciendo lentos van: —¿Por qué tanto te tardaste, ¡oh mi príncipe! en llegar? Con el beso despertándose el palacio entero está: se despierta la marmita y comienza a gluglutear; se despierta y va extendiendo su abanico el pavo real; se despiertan las macetas con un blando cabecear; se despiertan los corceles, se les oye relinchar y se uncen anhelantes a carrozas de metal; se despierta en torno el bosque, como se despierta el mar; se despiertan los 100 guardias, y comienzan a llegar las doncellas junto al lecho con el ruido sin igual con que gritan las gaviotas cuando empieza a alborear… — La princesa le da al príncipe de 100 años el amar, las miradas de 100 años, anchas de felicidad. Y la mira y mira, el príncipe, y no quiere más cerrar sus dos ojos sobre el sueño que se puede disipar. Y las fiestas siguen, siguen; son como una eternidad, y ni ríndense las harpas, y ni rómpese el timbal…