Gabriela Mistral: La Cenicienta
Sobre este episodio
Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Ken_Elkinson_Dancing_on_a_Moonbeam jamendo.com Interesada en la literatura infantil, Gabriela Mistral escribe en 1926 La Cenicienta, basada en el cuento de Charles Perrault, escrito en el siglo XVII. La autora respeta los originales, sin dulcificar ni cambiar los finales. El texto La Cenicienta de Gabriela Mistral fue publicado en Lecturas Dominicales del diario El Tiempo de Bogotá, el 26 de diciembre de 1926. LA CENICIENTA Cenicienta, Cenicienta, pegada al fogón se pasa y el hollín la va cubriendo como penitente saya. Con la ardentez de la hoguera se quemaron sus pestañas; de lavar grandes mosaicos quebrada tiene la espalda. De amigas tiene la leña que en el fogón arde y salta, las sartenes hervidoras y cuatro ratitas blancas. Su madrastra sólo quiere las hijas de sus entrañas; las besa de sol a sol y las tiene regaladas; esclavos les dan masaje y camareras las bañan y entre sus brocados rojos descansan congestionadas. Mas son feas como el susto de medianoche cerrada… A veces las dos se acuerdan de la pobre Encenizada y le dicen: ”Ea, ven, péinanos, que tienes gracia, abróchanos las hebillas y venos tejer la danza”. Y la pobre Cenicienta, con una tierna mirada, les anuda los cabellos y arrodillada las calza. Un día el rey dio una fiesta por ver gracia derramada. Para asistir a la fiesta se preparan las hermanas. Está ya hace cuatro días sobre ellas la Encenizada depilándoles las cejas, amasando sus gargantas, enseñando reverencias, corrigiéndoles la danza… Tiene quemados los dedos de rizarlas y rizarlas; de ceñirles la cintura se rinde desventurada. Y bailan siempre como ocas y caminan desgarbadas. Al fin se fueron al baile y se apagó su rumor. ¡Ay!, qué callada la noche para oírse el corazón, ¡la Cenicienta que llora apegadita al fogón! La llama del fuego brinca distrayendo su aflicción; las cuatro ratitas vienen a mirarla alrededor. Pero Cenicienta tiene (¡ay!, ¡bendito sea Dios!) hada que fue su madrina y que se llama Esplendor. cuando los criados duermen con silencio de ilusión, va abriendo puertas y puertas y llegando hasta el fogón, —¡Ah!, mi Cenicienta –dícele–, ábreme tu corazón. ¿No quieres ir a la fiesta? ¿Lloras por eso mi amor? Dícele la pobrecilla: —Soy la hija del Tizón; y la ceniza me cubre hasta el mismo corazón. El hada va sacudiéndole con el aliento el hollín: Cenicienta va quedando desnuda como un jazmín. La va mirando, mirando y el mirarla es un cubrir su cuerpo de velo de oro, amaranto y carmesí. —¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mi carruaje? —Hijita, ya vas a ver. —¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mis lacayos? —Hijita, vienen también. —¡Ay!… ¿y mis palafreneros? —Hijita, déjame hacer… Las cuatro ratitas blancas se hicieron caballos árabes y los lagartos azules dos lacayos fulgurantes, y la calabaza vuelta concha perla, fue carruaje. —Mi ahijada Cenicienta, ¡acabaste de nacer! No te reconoce tu ogro de madrastra si te ve. Ahora corres al baile y bailarás como un pez: pero por la medianoche te despides sin volver, porque el encanto termina cuando el día alza la sien. ¡Cómo galopa el carruaje, que en momentos no se ve y la calabaza entra en el palacio del rey! Está el baile en su comienzo: la sala alumbra mil lámparas y los tocadores hieren misterios de cobre y plata. Del resplandor del palacio la misma noche se aclara; el baile se va tejiendo a lo largo de cien salas, y parece que es la tierra la desposada que danza. Rigen el rey con el príncipe esta noche apasionada y el orden de las parejas que parecen marejadas y de repente las guzlas como los cobres se paran; se vuelven todos los rostros: ¡va entrando la Encenizada! Con tanta gracia camina como la nube dorada; con tal donaire saluda que es como si se donara. Aún vacilaba el príncipe como el ciervo entre dos aguas. Al verla sale a su encuentro como quien entrega su alma. Sobre la pareja cae el millón de las miradas y ellos pasan entre todos ligeros como dos llamas. Al sonar la medianoche Cenicienta se separa y sube al carruaje que como jabalina escapa. Cuando ya llegaba el día volvieron las hermanastras y despertó el mundo entero al escuchar su algazara. Desde el profundo fogón Cenicienta viene, cándida, y pregunta cómo ha sido el baile de las hermanas. Y las ogresas le cuentan de la noche iluminada, de la música de fuego y de la princesa extraña que al salir dejó la fiesta como novia amortajada. El rey renovó el convite para la noche cercana, y las ogresas partieron en su carroza escarlata. Y la pobre Cenicienta en torno al fogón quedaba; del fogón iba a la puerta empinadita del ansia. Llegó el hada Resplandor y empezó a hermosearla hasta hacerla grande de oros como la noche estrellada. (¡Ay, cómo va galopando el trineo de las ratas, y los lagartos azules y la veloz calabaza!). Cenicienta fue hacia el príncipe: el príncipe le tendió una mano en que los pulsos se hacían puro temblor. Pasa como un torbellino la pareja del amor y los ojos de las damas echan desesperación. Cenicienta tiene miedo de oírse la propia voz, porque está viviendo un sueño tan perfecto como Dios. Al llegar la medianoche no oyó sonar el reloj y al bajar las escaleras su zapatito saltó… Al otro día salieron desde el palacio real cuarenta heraldos voceando pregón de Su Majestad: —Que las mozas comarcanas que el rey invitó a bailar dejen probar en sus plantas un zapato de cristal; que a la dueña el mismo día va el príncipe a desposar. Se abrieron todas las casas como vivas de ansiedad, y las jóvenes hicieron maravillas por calzar el zapato más menudo que la ampolla de la sal. A casa de Cenicienta golpeando ahora están los heraldos. Y las mozas con qué jadeante afán prueban y prueban gimiendo el zapato sin igual. Y del fogón Cenicienta avanzando luego va y las ogresas se ríen cuando la ven alargar su piececito de almendra, vivo de felicidad. Y se van enmudeciendo las ogresas, al mirar que el piececito se queda en el cuenco de cristal; y se van poniendo rojas y terminan por llorar viendo que la Cenicienta con el zapato echa a andar. Y aquella misma mañana desposó el príncipe Sol a María Cenicienta veladora del tizón, hija de ninguna madre, desnudita hija de Dios…