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Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 26/29)

· 11 min

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Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: OnClassical_Mozart_W.A._Sonata_No._16_in_C_Major_K._545_II._Andante jamendo.com 26 Coro: El juicio de Odiseo, grabado en vídeo por las criadas ABOGADO DEFENSOR: Señoría, permítame exponer la inocencia de mi cliente Odiseo, un héroe legendario de gran reputación, al que se acusa de asesinato múltiple. ¿Tenía o no motivos justificados para matar, por medio de lanzas y espadas (no vamos a cuestionar la matanza en sí, ni las armas empleadas), a más de ciento veinte jóvenes de alta cuna, docena más docena menos, que, debo recalcarlo, habían estado consumiendo su comida sin su permiso, molestando a su esposa y conspirando para matar a su hijo y usurparle el trono? Mi respetado colega ha argumentado que Odiseo no tenía motivos justificados, porque la matanza de aquellos jóvenes fue una reacción desproporcionada ante la glotonería exhibida en su palacio. También se expone que a Odiseo y/o a sus herederos o cesionarios se les había ofrecido una compensación material por los alimentos consumidas, y que habría debido aceptar esa compensación pacíficamente. Pero esa compensación la ofrecieron los mismos jóvenes que, pese a haber recibido numerosas peticiones, previamente no habían hecho nada para poner freno a su desmesurado apetito, ni para defender a Odisea, ni para proteger a su familia. No habían demostrado ninguna lealtad a él durante su ausencia, sino todo lo contrario. De modo que ¿hasta qué punto se podía confiar en su palabra? ¿Podía un hombre razonable esperar que aquellos jóvenes llegaran a pagarle algún día uno solo de los bueyes prometidos? Y tengamos en cuenta las probabilidades. Ciento veinte, docena más docena menos, contra uno o, apurando, contra cuatro, porque Odisea tenía cómplices, cierto, como mi colega los ha llamado; es decir, tenía un familiar apenas adulto y dos criados sin formación alguna para la guerra; ¿qué iba a impedir a aquellos jóvenes fingir que llegaban a un acuerdo con Odisea, saltar sobre él una noche oscura, cuando hubiera bajado la guardia, y quitarle la vida? A nuestro modo de ver, al aprovechar la única oportunidad que le brindaba el destino, nuestro cliente Odisea, una persona estimada por todos, actuaba sencillamente en defensa propia. Por lo tanto, le pedimos que desestime la acusación. JUEZ: Me inclino a pensar lo mismo que usted. ABOGADO DEFENSOR: Gracias, señoría. JUEZ: ¿A qué viene tanto jaleo en el fondo? ¡Orden! ¡Señoras, no se pongan en ridículo! ¡Abróchense la ropa! ¡Quítense esas sogas del cuello! ¡Siéntense! LAS CRIADAS: ¡Se olvidan de nosotras! ¿Qué pasa con nosotras? ¡No pueden dejarlo impune! ¡Nos ahorcó a sangre fría! ¡A las doce! ¡Doce muchachas! ¡Sin motivo! JUEZ (al abogado defensor): Ésta es una nueva acusación. Estrictamente hablando, tendría que abordarse en otro juicio; pero dado que ambos asuntos parecen estar íntimamente relacionados, estoy dispuesto a oír los cargos. ¿Qué tiene usted que decir en defensa de su cliente? ABOGADO DEFENSOR: Mi cliente actuaba dentro de la ley, señoría. Ésas eran sus esclavas. JUEZ: De todos modos, debía de tener algún motivo para matarlas. Que fueran esclavas no significa que se las pudiera matar por simple capricho. ¿Qué habían hecho esas muchachas para merecer ser ahorcadas? ABOGADO DEFENSOR: Habían mantenido relaciones sexuales sin permiso. ]UEZ: Hum. Entiendo. ¿Con quién habían tenido relaciones sexuales? ABOGADO DEFENSOR: Con los enemigos de mi cliente, señoría. Los mismos que tenían los ojos puestos en su esposa y que planeaban quitarle la vida. (Risitas ante la agudeza del abogado defensor.) JUEZ: Por lo que veo, eran las criadas más jóvenes. ABOGADO DEFENSOR: Sí, por supuesto. Eran las más hermosas y las más apetecibles, desde luego. La mayoría. (Las Criadas ríen con amargura.) JUEZ (hojeando un libro: Odisea): Está escrito aquí, en este libro, un libro que hay que consultar, pues es la principal autoridad en este tema (aunque pronuncia tendencias poco éticas y contiene demasiado sexo y violencia, en mi opinión). Aquí dice ... veamos, en el canto veintidós... que a las criadas las violaron. Que las violaron los pretendientes. Nadie les impidió hacerlo. Además, explica que los pretendientes hicieron con ellas lo que se les antojó. Su cliente sabía todo eso; aquí pone que fue él mismo quien dijo todas esas cosas. Por tanto, las criadas no actuaban por voluntad propia, y estaban completamente desprotegidas. ¿Me equivoco? ABOGADO DEFENSOR: Yo no estaba allí, señoría. Todo eso se produjo unos tres mil o cuatro mil años antes de mi época. JUEZ: Entiendo. Llamen a la testigo Penélope. PENÉLOPE: Yo estaba dormida, señoría. Dormía mucho. Sólo puedo referirle lo que dijeron después. JUEZ: Lo que dijo ¿quién? PENÉLOPE: Las criadas, señoría. JUEZ: ¿Dijeron que las habían violado? PENÉLOPE: Sí, señoría. Así es. JUEZ: Y usted ¿las creyó? PENÉLOPE: Sí, señoría. Es decir, me inclinaba a creerlas. JUEZ: Tengo entendido que a menudo exhibían una conducta impertinente. PENÉLOPE: Sí, señoría, pero ... JUEZ: Pero usted no las castigó, y ellas siguieron trabajando como criadas suyas, ¿no es cierto? PENÉLOPE: Yo las conocía bien, señoría. Les tenía cariño. A algunas podría decirse que las había criado yo misma. Eran como las hijas que no había tenido. (Empieza a llorar.) ¡Sentía tanta lástima por ellas! Pero a casi todas las criadas las violaban, tarde o temprano; eso era un hecho deplorable, pero habitual en la vida de palacio. Para Odiseo, lo que obró en contra de ellas no fue que las hubieran violado, sino que las hubieran violado sin permiso. JUEZ (riendo entre dientes): Disculpe, señora, pero decir que las violaron sin permiso, ¿no es una redundancia? ABOGADO DEFENSOR: Sin el permiso de su amo, señoría. JUEZ: Ah. Entiendo. Pero su amo no se encontraba allí. De modo que, en realidad, esas criadas se vieron obligadas a acostarse con los pretendientes porque si se hubieran negado las habrían violado de todos modos, y de forma mucho más violenta, ¿no es así? ABOGADO DEFENSOR: No veo que eso tenga ninguna relación con este caso. JUEZ: Es evidente que su cliente tampoco lo veía. (Risas.) Sin embargo, su cliente vivía en otros tiempos. Entonces las normas de conducta eran diferentes. Sería inoportuno que este incidente, lamentable pero de poca importancia, manchara una carrera por lo demás extraordinariamente distinguida. Además, no quiero cometer un anacronismo. Por lo tanto, debo desestimar la acusación. LAS CRIADAS: ¡Exigimos justicia! ¡Exigimos un castigo! ¡Invocamos la ley de los delitos de sangre! ¡Apelamos a las Furias! (Aparece un grupo de doce Erinias. Tienen serpientes en lugar de cabello, cabeza de perro y alas de murciélago. Olfatean el aire.) LAS CRIADAS: ¡Oh, Furias, oh, Euménides, vosotras sois nuestra última esperanza! ¡Os suplicamos que inflijáis el castigo y llevéis a cabo la venganza! ¡Sed nuestras defensoras, ya que nadie nos defendió cuando estábamos vivas! ¡Seguid el rastro de Odiseo allá donde vaya! ¡Perseguidlo de un sitio a otro, de una vida a otra, aunque se disfrace, aunque adopte otras formas! ¡Pisadle los talones, en la tierra o en el Hades, dondequiera que busque refugio, en canciones y en obras de teatro, en libros y en tesis, en notas al margen y en apéndices! ¡Apareceos ante él bajo nuestra forma, nuestra arruinada forma, la de nuestros lamentables cadáveres! ¡No lo dejéis descansar ni un momento! (Las Erinias se vuelven hacia Odiseo. Sus ojos emiten rojos destellos.) ABOGADO DEFENSOR: ¡Apelo a Palas Atenea, la diosa de ojos grises, hija inmortal de Zeus, para que defienda los derechos de propiedad y el derecho de un hombre a ser el señor de su propia casa, y para que haga desaparecer a mi cliente en una nube! JUEZ: ¿Qué está pasando aquí? ¡Orden! ¡Orden! ¡Esto es un tribunal de justicia del siglo veintiuno! ¡Usted, baje del techo! ¡Deje de ladrar y silbar! ¡Señora, tápese el pecho y guarde su lanza! ¿De dónde ha salido esa nube? ¿Dónde está la policía? ¿Dónde está el acusado? ¿Adónde han ido todos?

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