# Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 27/29)

Episodio de [Literatura](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174), de Manuel López.

- Publicado: 11 de enero de 2017
- Duración: 7 min
- Audio: https://www.ivoox.com/margaret-atwood-penelope-doce-criadas-cap_mf_16095160_feed_1.mp3
- Página: https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174/episodio/4988598-margaret-atwood-penelope-y-las-doce-criadas-cap-27-29

## Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Alexander_Blu_Tomorrow jamendo.com 27 Una vida hogareña en el Hades La otra noche estuve fisgando en vuestro mundo, utilizando los ojos de una vidente que había entrado en trance. Su cliente quería ponerse en contacto con su difunto novio para preguntarle si debía vender su condominio, pero en lugar de él aparecí yo. Cuando se presenta una oportunidad, suelo aprovecharla. No salgo con tanta frecuencia como me gustaría. No es que quiera menospreciar a mis huéspedes, por así llamarlos; sin embargo, es asombroso cuánto les gusta a los vivos dar la lata a los muertos. Apenas cambian de una era a otra, aunque los métodos sí varían. No voy a decir que eche de menos a las sibilas -con sus ramas doradas, arrastrando hasta aquí y paseando de un lado a otro a todo tipo de advenedizos, formulando preguntas acerca del futuro y molestando a los espíritus-, pero al menos las sibilas tenían buenos modales. Los magos y adivinos que vinieron después eran peores, aunque es cierto que se lo tomaban todo muy en serio. En cambio, la gente de hoy es tan frívola que no se merece que le prestemos atención. Preguntan cosas sobre el mercado de valores, sobre política mundial, sobre sus propios problemas de salud y estupideces por el estilo; y por si fuera poco, quieren conversar con un montón de difuntos insignificantes a los que quienes estamos en este reino no podemos conocer. ¿Quién es esa Marilyn a la que tanto admiran todos? ¿Quién ese Adolf? Perder el tiempo con esa gente es desperdiciar la energía, y resulta exasperante. Pero mirar por esos ojos de cerradura tan limitados es la única forma que tengo de seguirle la pista a Odiseo cuando no está aquí bajo su forma habitual. Supongo que ya conocéis las norma. Si queremos, podemos volver a nacer y probar suerte de nuevo en la vida; pero primero tenemos que beber de las Aguas del Olvido, para que nuestras vidas pasadas se borren de nuestra memoria. Ésa es la teoría; pero, como todas las teorías, sólo es una teoría. Las Aguas del Olvido no siempre funcionan como deberían. Mucha gente lo recuerda todo. Algunos dicen que hay más de unas aguas, y que también se pueden conseguir Aguas de la Memoria. No sé si es verdad. Helena ha hecho unas cuantas excursiones. Así es como las llama ella: «mis pequeñas excursiones». «Me lo he pasado genial», empieza diciendo. Y me describe con todo detalle sus últimas conquistas y me pone al día de los cambios que ha sufrido la moda. A través de ella me enteré de lo de los lunares, las sombrillas, los miriñaques, los zapatos de tacón, las fajas, los biquinis, los ejercicios de aeróbic, los piercings y las liposucciones. Luego me suelta un discurso sobre lo pícara que ha sido y el alboroto que ha causado y a cuántos hombres ha destrozado la vida. Le encanta decir que por su causa han caído imperios. -Tengo entendido que la interpretación de todo el episodio de la guerra de Troya ha cambiado -comenté en una ocasión, para bajarle los humos un poco-. Ahora creen que sólo eras un mito. Que la guerra tenía que ver con no sé qué rutas comerciales. Al menos eso afirman los eruditos. -Ay, Penélope, no puedo creer que todavía estés celosa -replicó ella-. ¡Ahora podemos ser amigas! ¿Por qué no vienes conmigo al mundo de los vivos, la próxima vez? Podríamos ir a Las Vegas y corrernos una juerga. Ah, se me olvidaba que ése no es tu estilo. Tú prefieres hacerte la esposa fiel, y todo el rollo ese del tejido del sudario. Lo siento, pero yo no podría ser como tú: me moriría de aburrimiento. En cambio, tú siempre fuiste muy hogareña. Tiene razón. Nunca beberé de las Aguas del Olvido. No le veo la gracia. Mejor dicho: se la veo, pero no quiero correr ese riesgo. Mi vida pasada estuvo llena de dificultades, pero ¿quién me asegura que la siguiente no vaya a ser peor? Pese a que sólo tengo un acceso limitado, veo que el mundo sigue igual de peligroso que en mi época, sólo que ha aumentado la magnitud de la desgracia y el sufrimiento. Respecto a la naturaleza humana, es más patética que nunca. Nada de eso supone un impedimento para Odiseo. Se pasa por aquí, hace ver que se alegra de verme, me asegura que lo único que él deseaba era llevar una vida hogareña conmigo, sin importar las deslumbrantes bellezas con que se haya acostado ni las descabelladas aventuras que haya tenido. Damos un tranquilo paseo, picoteamos unos asfódelos, nos contamos las viejas historias; él me trae noticias de Telémaco -ahora es diputado, ¡estoy muy orgullosa de él!-, y luego, precisamente cuando empiezo a relajarme, cuando empiezo a pensar que podré perdonarlo por todo lo que me hizo pasar y aceptarlo con todos sus defectos, cuando empiezo a creer que esta vez me lo dice en serio, él vuelve a las andadas y va derechito al río Leteo para volver a nacer. Estoy convencida de que me lo dice en serio. Quiere estar conmigo. Me lo dice llorando. Pero luego hay una fuerza que nos separa. Son las criadas. Odiseo las ve a lo lejos, acercándose a nosotros. Lo trastornan, lo ponen nervioso. Le hacen daño. Le hacen desear hallarse en otro sitio y ser otra persona. Ha sido un general francés, un invasor mongol, un magnate americano, un cazador de cabezas en Borneo. Ha sido estrella de cine, inventor, publicista. Siempre ha acabado mal, con un suicidio, un accidente, una muerte en combate o un asesinato, y luego siempre ha vuelto aquí, una vez más. -¿Por qué no lo dejáis en paz -les grito a las criadas. Tengo que gritar porque no dejan que me acerque a ellas-. Ya basta, ¿no? ¡Ha hecho penitencia, ha rezado las oraciones, se ha purificado! -Para nosotras no basta -me contestan. -¿Qué más queréis de él? -les pregunto a voz en grito-. ¡Decídmelo! Pero ellas salen corriendo. «Corriendo» no es la palabra más adecuada. Sus piernas no se mueven. Sus pies, que todavía se agitan, no tocan el suelo.

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