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Miguel de Cervantes: Rinconete y Cortadillo (Tramo 6/9)

· 10 min

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Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Vladimir_Sterzer_January jamendo.com Ida la vieja se sentaron todos alrededor de la estera y la Gananciosa tendió la sabana a modo de mantel; y lo primero que sacó de la cesta fue un gran manojo de rábanos y dos docenas de naranjas y limones, y luego una cazuela grande llena de tajadas de bacalao frito. Sacó luego medio queso de Flandes y una olla de deliciosas aceitunas, y un plato de camarones y gran cantidad de cangrejos acompañados con sus alcaparrones en vinagre y tres hogazas blanquísimas de pan. Serían los del almuerzo unos catorce y ninguno de ellos dejó de sacar su cuchillo de mango Amarillo, menos Rinconete que sacó su media espada. A los dos viejos y al guía les tocó servir el vino con el vaso de corcho. Pero apenas habían empezado a echarles mano a las naranjas cuando a todos los sobresaltaron los golpes que dieron en la puerta. Les mandó Monipodio que se calmasen, y entrando en la sala baja y descolgando un escudo con la mano en la espada, llegó a la puerta y con voz hueca y espantosa preguntó: - ¿Quién llama? Respondieron de fuera: - Yo soy, que no hay peligro, señor Monipodio. Tagarete soy, centinela de esta Mañana, y vengo a decir que aquí viene Juliana, la Cariharta, toda desgreñada y llorosa, que parece que le ha sucedido un desastre. En esto llegó la que decía, sollozando, y sintiéndola Monipodio, abrió la puerta y mandó a Tagarete que se volviese a su puesto y que de allí en adelante avisase lo que viese con menos estruendo y ruido. Él dijo que así lo haría. Entró la Cariharta, que era una moza del tipo de las otras y del mismo oficio. Venía despeinada y con la cara llena de golpes, y en cuanto entró en el patio se cayó en el suelo desmayada. Acudieron a socorrerla la gananciosa y la Escalanta y desabrochándole el pecho la encontraron toda amoratada y magullada. Le echaron agua en el rostro y ella volvió en sí, diciendo a voces: - ¡La justicia de Dios y del rey caiga sobre aquel ladrón desuellacaras, sobre aquel cobarde ratero, sobre aquel pícaro piojoso, que le he librado más veces de la horca que pelos tiene en las barbas! ¡Desdichada de mí! ¡Mirad por quién he perdido y consumido mi mocedad y la flor de mis años, sino por un bellaco desalmado, criminal e incorregible! - Cálmate, Cariharta -dijo entonces Monipodio- que aquí estoy yo que te haré justicia. Cuéntanos tu caso, que más tardarás tú en contarlo que yo en vengarte; dime si has tenido alguna pelea con tu respeto que si es así y quieres venganza no tienes más que boquear - ¿Qué respeto? - respondió Juliana-. Respetada me vea yo en los infiernos si lo fuera más por aquel, que es un león con las ovejas y sin embargo se comporta como un cordero con los hombres. ¿Con aquel iba yo a compartir la mesa ni la cama? Antes me vea yo comida de chacales estas carnes, que me ha dejado de la manera que ahora veréis. Y alejándose al instante las faldas hasta la rodilla y aún un poco más, las descubrió llenas de cardenales. - De esta manera – prosiguió- me ha dejado aquel ingrato del Repolido debiéndome más que a la madre que lo parió. Y, ¿por qué pensáis que lo ha hecho? ¡Anda que le di yo motivo para ello! No, ciertamente lo hizo solo porque estando jugando y perdiendo me envió a Cabrillas, su criado, para pedirme treinta reales y no le envié más de veinticuatro. ¡Que el trabajo y afán con que yo los había ganado ruego yo a los cielos que vayan en descuento de mis pecados! Y en pago de esta cortesía y buena obra, creyendo el que yo le sisaba algo de la cuenta que él allá en su imaginación, había hecho de lo que yo podía tener, esta mañana me sacó al campo, detrás de la Huerta del Rey y allí entre unos olivares me desnudó y con la correa me dio tantos azotes que me dejó por muerta. De esta verdadera historia son buenos testigos estos cardenales que miráis. Aquí volvió a levantar las voces, aquí volvió a pedir justicia y aquí se la prometió de nuevo Monipodio y todos los valentones que allí estaban. La Gananciosa fue la primera en consolarla diciéndole que ella daría de muy buena gana una de las mejores joyas que tenía porque le hubiese pasado algo así con su querido. - Porque quiero -dijo- que sepas, hermana Cariharta, si no lo sabes, que lo que bien se quiere bien se castiga y cuando éstos bellacos nos dan y azotan y patean, entonces nos adoran, si no confiésame una verdad, por tu vida: después de haberte castigado y maltratado Repolido, ¿no te hizo alguna caricia? - ¿Cómo una? -respondió la llorona- Cien mil me hizo y habría dado un dedo de la mano para que me hubiese ido con él a su posada e incluso me parece que casi se le saltaron las lágrimas de los ojos después de haberme molido. - No hay que dudar de eso -replicó la Gananciosa y lloraría de pena de ver cómo te había puesto: que tales hombres en tales casos no han cometido la culpa cuando ya les viene el arrepentimiento. Y tú verás, hermana, si no viene a buscarte antes de que de aquí nos vayamos, y a pedirte perdón de todo lo pasado rindiéndosete como un Cordero. - Verdaderamente -respondió Monipodio- que no ha de entrar por estas puertas el maldito cobarde si antes no hace penitencia del delito cometido. ¿Las manos iba él a atreverse a ponerlas en el rostro de la Cariharta, ni en sus carnes, siendo ella persona que puede competir en limpieza y ganancia con la misma Gananciosa, que está delante, que más no la puedo elogiar? - ¡Ay! -dijo en aquel momento la Juliana-. No diga vuesa merced señor Monipodio mal de aquel maldito: que tan malo como es, le quiero más que a las telas de mi corazón y me han devuelto el alma al cuerpo las palabras que en su defensa me ha dicho mi amiga la Gananciosa, y de verdad que estoy por ir a buscarle. - Eso no lo harás tú por mí consejo -replicó la Gananciosa- porque se crecerá y se hinchará y te rajará como un cuerpo muerto. Cálmate, hermana, que dentro de poco Le verás venir tan arrepentido como he dicho, y si no viniese, describiremos unas coplillas que le hagan sufrir. - ¡Eso sí! -dijo la Cariharta- ¡Que tengo mil cosas que escribirle! - Yo seré el secretario cuando sea necesario -dijo Monipodio-; y aunque no soy nada poeta, si me lo propongo, me voy a atrever a hacer dos millares de coplas en un santiamén; y si no salieran como deben yo tengo un barbero amigo gran poeta que nos encajará los versos cuando queramos; y ahora acabemos lo que teníamos comenzado del almuerzo, que después todo se andará Se quedó contenta la Juliana de obedecer a su superior y así todos volvieron a su banquete y en poco tiempo vieron el fondo de la canasta y los posos de la bota. Los viejos bebieron sin límite, los mozos en abundancia, las señoras reiteradamente. Los viejos pidieron permiso para irse. Se lo dio enseguida Monipodio, encargándoles que volviesen a dar noticia con toda puntualidad de todo aquello que viesen que pudiese ser útil y provechoso a la comunidad. Respondieron que ellos estaban bien atentos y se fueron Rinconete, que por naturaleza era curioso, pidiendo primero perdón y licencia, preguntó a Monipodio de qué servían en la cofradía dos personajes tan ancianos, tan serios y de tan buena presencia. A lo cual respondió Monipodio que aquellos, en su germanía y manera de hablar, se llamaban avispones y que servían para andar de día por toda la ciudad avispando en qué casas se podía robar de noche, y para seguir a los que sacaban dinero de la Contratación o de la Casa de la Moneda para ver dónde lo llevaban e incluso dónde lo ponían; y sabiéndolo, tanteaban el grosor del muro de la casa y diseñaban el lugar más apropiado para hacer los guzpátaros -que son agujeros- para facilitar la entrada. En resolución, dijo que era la gente de más provecho que había en su hermandad y que de todo aquello que por su habilidad se hurtaba llevaban la quinta parte, como su Majestad de los tesoros; y que, a pesar de todo esto, eran hombres de buena fe y muy honrados, y de buena vida y fama, temerosos de Dios y de sus conciencias, que cada día oían misa con especial devoción. - Y algunos de ellos son tan considerados, especialmente estos dos, que de aquí se van ahora, que se contentan con mucho menos de lo que por nuestras tarifas les toca. Hay otros dos que son cargadores, los cuales, como constantemente realizan mudanzas de casas, conocen las entradas y salidas de todas las de la ciudad, y cuáles pueden ser de provecho y cuáles no. - Todo me parece de perlas -dijo Rinconete- y querría ser de algún provecho a tan famosa cofradía. Siempre favorece el cielo a los buenos deseos -dijo Monipodio.

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