# Miguel de Cervantes: Rinconete y Cortadillo (Tramo 9/9)

Episodio de [Literatura](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174), de Manuel López.

- Publicado: 18 de febrero de 2017
- Duración: 7 min
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- Página: https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174/episodio/4988574-miguel-de-cervantes-rinconete-y-cortadillo-tramo-9-9

## Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Vladimir_Sterzer_Church_Bells jamendo.com Dijo entonces el Repolido: así es. Pero mire vuesa merced, señor Monipodio, lo que nos ordena y manda, que se va haciendo tarde y va entrando el calor deprisa. -Lo que hay que hacer -respondió Monipodio- es que todos se vayan a sus puestos, y nadie se cambie hasta el domingo, que nos reuniremos en este mismo lugar y se repartirá todo lo que hubiera caído, sin perjudicar a nadie. A Rinconete el Bueno y a Cortadillo se les da por distrito hasta el domingo desde la Torre del Oro, por fuera de la ciudad, hasta la puerta del Alcázar, donde pueden trabajar sin esfuerzo con sus trampas; que yo he visto a otros de menos habilidad que ellos sacar cada día más de veinte reales en calderilla, además de las monedas de plata, con una sola baraja. Ganchoso os enseñará este distrito; y aunque os extendáis hasta San Sebastián y San Telmo, no importa, aunque es ley que nadie se meta en el territorio de nadie. Le besaron la mano los dos por el favor que se les hacía, y se ofrecieron a hacer su oficio bien y fielmente, con total cuidado y discreción. Sacó, en ese momento, Monipodio un papel doblado de la capucha de la capa, donde estaba la lista de los cofrades, y le dijo a Rinconete que pusiese allí su nombre y el de Cortadillo; pero como no había tintero, le dio el papel para que se lo llevase, y en el primer boticario que encontrase los escribiese, poniendo: «Rinconete y Cortadillo, cofrades; noviciado, ninguno; Rinconete, fullero; Cortadillo, ratero», y el día, mes y año, callando padres y patria. Estando en esto, entró uno de los viejos avispones y dijo: -Vengo a decir a vuesas mercedes que ahora mismo me he encontrado a Lobillo el de Málaga, y que me ha dicho que ha mejorado en su arte de tal manera, que con cartas sin trucar quitará el dinero al mismo Satanás; y que por llegar agotado no viene enseguida a registrarse y a dar la obediencia acostumbrada; pero que el domingo estará aquí sin falta. -Siempre pensé -dijo Monipodio- que este Lobillo sería único en su arte, porque tiene las mejores y más apropiadas manos para ello que se pueden desear; que para ser uno buen oficial en su oficio, tanta necesidad tiene de buenos instrumentos con que ejercerlo como de capacidad para aprenderlo. -También me encontré -dijo el viejo- en una posada, de la calle de Tintores, al Judío con un hábito de cura, que se ha trasladado allí al saber que dos caballeros enriquecidos en las Indias viven en la misma casa, y querría ver si pudiera entablar juego con ellos aunque fuese de poca cantidad, pues más tarde podría llegar a mucha. Dice también que el domingo no faltará a la junta y dará cuenta de su persona. -Ese Judío también -dijo Monipodio- es un águila y tiene gran conocimiento. Hace días que no le he visto, y no hace bien, pues si no se enmienda, yo le quitaré el hábito. ¿Hay alguna otra cosa? -No -dijo el viejo-; por lo menos que yo sepa. -Pues así sea-dijo Monipodio-. Voacedes tomen esta mi- seria -y repartió entre todos cuarenta reales-, y el domingo no falte nadie, que no faltará nada de lo robado. Todos le volvieron a dar las gracias. Se volvieron a abrazar Re­polido y la Cariharta, la Escalanta con Maniferro y la Gananciosa con Chiquiznaque, acordando que aquella noche, después de terminar el trabajo, se viesen en casa de la Pipota, donde también dijo Monipodio que iría a registrar la canasta y que luego iría a cumplir y borrar el apunte de la miera. Abrazó a Rinconete y a Cortadillo, y echándoles su bendición, los despidió, encargándoles que no tuviesen jamás posada fija, porque así convenía al bienestar de todos. Los acompañó Ganchoso hasta enseñarles sus puestos, recordándoles que no faltasen el domingo, porque, según creía, Monipodio iba a leer una lección magistral sobre las cosas relativas a su arte. Con esto se fue, dejando a los dos compañeros admirados de lo que habían visto. Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendi­miento, y tenía buenas inclinaciones, y como había andado con su padre en el oficio de las bulas, sabía algo de buen lenguaje y le daba gran risa pensar en las palabras que había oído a Monipodio y a los demás de su compañía y bendita comunidad, sobre todo cuando por decir per modum sufraggi había dicho per modo de naugrafio; y que sacaban el estupendo, en vez de decir estipendio, de lo que se robaba, con otros mil despropósitos (especialmente le hizo gracia cuando la Cariharta dijo que el trabajo que había pasado ganando los veinte y cuatro reales lo recibiese el cielo en descuento de sus pecados). Sobre todo, le admiraba la seguridad que tenían y la confianza en irse al cielo si no faltaban a sus devociones, estando tan llenos de hurtos, y de homicidios, y de ofensas a Dios. Y se reía de la otra buena vieja de la Pipota, que dejaba la canasta hurtada, guardada en su casa y se iba a poner velitas de cera a las imágenes y con ello pensaba irse al cielo sin más. No menos le asombraba la obediencia y respeto que todos tenían a Monipodio, siendo un hombre bárbaro, rústico y desalmado. Consideraba lo que había leído en su libro de anotaciones y los trabajos en que todos se ocupaban. Finalmente, le admiraba qué descuidada era la justicia de aquella tan famosa ciudad de Sevilla, pues de forma descarada vivía en ella gente tan mala y tan contraria a la misma naturaleza, y se propuso aconsejar a su compañero que no permaneciesen mucho tiempo en aquella vida tan perdida y tan mala, tan inquieta, y tan desordenada y viciosa. Pero, a pesar de esto, por sus pocos años y por su poca experiencia, siguió con ella algunos meses, en los cuales le sucedieron cosas que piden más larga escritura, y así se deja para otra ocasión contar su vida y milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de la infame academia, que todos serán de gran consideración y que podrán servir de ejemplo y consejo a los que los lean.

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