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Miguel de Cervantes: La ilustre fregona adaptada (Tramo 2)

· 7 min

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Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Gianni_e_Paolo_Ninna_nanna jamendo.com Contó Carriazo a sus padres y a todos mil magníficas y largas mentiras de cosas que le habían sucedido en los tres años de su ausencia; pero nunca aludió, ni de lejos, a las almadrabas, aunque en ellas tenía puesta constantemente la imaginación, especialmente cuando vio que se acercaba el tiempo en el que había prometido a sus amigos volver. Ni le divertía la caza, en la que su padre le ocupaba, ni le agradaban los muchos y apetitosos convi­tes que en aquella ciudad se acostumbra a hacer. Todo entreteni­miento le aburría, y a cualquier diversión que se le ofrecía prefería la que había disfrutado en las almadrabas. Avendaño, su amigo, viéndole muchas veces melancólico y pensativo, confiado en su amistad, se atrevió a preguntarle la causa, y se ofreció para remediarla, si pudiese y fuese necesario, con su propia sangre. No quiso Carriazo ocultársela, por no hacer ofensa a la gran amistad que se tenían; y así le contó, sin perder detalle, la vida de los pescadores y cómo todas sus tristezas y pensamientos nacían del deseo que tenía de volver a ella; se la pintó de tal manera que Avendaño, cuando le acabó de oír, le alabó su deseo en vez de reprochárselo. El fin de la conversación fue que Carriazo predispuso el ánimo de Avendaño de manera que decidió irse con él a gozar un verano de aquella felicísima vida que le había descrito, de lo cual quedó extremadamente contento Carriazo, por parecerle que había ganado un apoyo que ennobleciese su indigna decisión. Planearon, asimismo, juntar todo el dinero que pudiesen, y el mejor modo que hallaron fue el siguiente: en el plazo de dos meses tenía que ir Avendaño a Salamanca, donde por su gusto había estado tres años estudiando las lenguas griega y latina; como su padre quería que siguiese adelante e hiciese los estudios que él quisiera, con el dinero que le diese habría suficiente para lo que deseaban. En ese tiempo planteó Carriazo a su padre que tenía deseo de irse con Avendaño a estudiar a Salamanca. Se puso su padre tan contento de ello, que hablando con el de Avendaño, acordaron ponerles casa juntos en Salamanca, con todos los requisitos que requería el ser hijos suyos. Llegó el tiempo de la partida, les proporcionaron dinero y enviaron con ellos un ayo para que los guiase, que tenía más de bondadoso que de hábil. Los padres dieron consejos a sus hijos sobre lo que tenían que hacer y sobre cómo se tenían que comportar para hacer progresos en la virtud y en las ciencias, que es el fruto que todo estudiante debe pretender sacar de sus esfuerzos y desvelos, principalmente los de buena cuna. Se mostraron los hi­jos humildes y obedientes; lloraron las madres; recibieron la ben­dición de todos; se pusieron en camino con mulas propias y con dos criados de casa, además del ayo, que se había dejado crecer la barba para darle autoridad a su cargo. Cuando llegaron a la ciudad de Valladolid, le dijeron al ayo que querían permanecer en aquel lugar dos días para verlo, porque nunca lo habían visto ni habían estado allí. Los reprendió mucho el ayo, severa y ásperamente, por la parada, diciéndoles que los que iban a estudiar con tanta prisa como ellos no debían detener­se ni una hora a mirar niñerías, cuanto menos dos días, y que él se sentiría culpable si dejaba que se detuvieran un solo instante, y que se marchasen en seguida, y si no, que se atuviesen a las conse­cuencias. Hasta aquí llegaba la habilidad del señor ayo, o mayordomo, como queramos llamarlo. Los muchachos, que ya habían hecho su agosto, pues ya habían robado cuatrocientos escudos de oro que llevaba su tutor, le dijeron que les dejase solo aquel día, en el cual querían ir a ver la fuente de Argales, cuya agua estaban comenzando a conducir a la ciudad por grandes y espaciosos acueductos. Aunque con dolor de su alma, les dio permiso. Los muchachos, con un solo criado y a caballo en dos mulas de casa muy buenas, salieron a ver la fuente de Argales, famosa por su antigüedad y sus aguas. Llegaron a Argales y cuando creyó el criado que Avendaño sacaba de las bolsas de la silla alguna cosa con la que beber, vio que sacó una carta cerrada y le dijo que enseguida se volviese a la ciudad y se la diese a su ayo, y que, en cuanto se la hubiese dado, les esperase en la puerta del Campo. Obedeció el criado, tomó la carta, volvió a la ciudad y ellos tomaron el camino opuesto, y aquella noche durmieron en Moja­ dos, y dos días después en Madrid, y en cuatro días más vendieron las mulas en subasta pública, pues hubo quien se las valoró en seis escudos y quien les dio el dinero en oro. Se vistieron de campesino, con capa corta abierta por los lados, calzones anchos y medias de paño oscuro. Hubo un mercader que por la mañana les compró sus vestidos y por la noche los había transformado de tal manera que no los habría reconocido la propia madre que los ha­bía parido. Vestidos, pues, con sencillez, del modo en que Avendaño quiso y supo, se pusieron en camino de Toledo a pie y sin espadas; que también el mercader se las había comprado. Dejémoslos ir por ahora, pues van contentos y alegres, y volva­amos hacia atrás para contar lo que el ayo hizo cuando abrió la carta que el criado le llevó, y halló que decía lo que sigue: Vuesa merced tendrá a bien, señor Pedro Alonso, tener paciencia y volver a Burgos, donde dirá a nuestros padres que, habiendo nosotros, sus hijos, con madura consideración, considerado que más propias son de los caballeros las armas que las letras, hemos decidido cambiar Salamanca por Bruselas y España por Flandes. Los cuatrocientos escudos nos los llevamos, las mulas las pensamos vender. Nuestra noble intención y el largo camino es bastante disculpa de nuestra falta, aunque nadie tiene que considerarla así, si no es cobarde. Nuestra partida es ahora; la vuelta será cuando Dios lo tenga a bien, el cual guarde a vuesa merced como sus más humildes servidores deseamos. De la fuente de Argales, cabalgando ya hacia Flandes. Carriazo y Avendaño

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