Fernando Martínez López: Los años perdidos
Sobre este episodio
Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: GingerTom_Lovers_Rhapsody jamendo.com Cuando me llamaron desde Santander… Sí, estoy convencido de que fue en ese mismo instante cuando se alzó el telón del olvido y regresó a mi mente el rostro de Dámaso. “¿Don Ignacio V…? Sí, mire, le llamamos desde la Universidad Menéndez Pelayo, de Santander. Estaríamos muy interesados en poder contar con usted en una propuesta de curso de verano sobre Literatura en la Transición…” Escuché con curiosidad el amable ofrecimiento para impartir una conferencia y participar en una mesa redonda acerca del andamiaje sobre el que se sostenía mi novela más reconocida, “… le aseguro que le encantará el marco incomparable del palacio de La Magdalena”, argumentaba. Le prometí pensármelo y ofrecerle una respuesta con inmediatez, pero lo cierto es que las palabras de mi interlocutor se evaporaron conforme colgaba el teléfono y me adentraba en un bosque de remembranzas. De entre su espesura surgió Dámaso, el olvidado Dámaso, el inseparable amigo de la infancia que un día, sin más, se esfumó dejándome un vacío cósmico. “¿De dónde eres, Dámaso?”, le preguntaban los mayores como una gracia manida en exceso, en aquella calle atrincherada en los suburbios, y él respondía, como quien reza un padrenuestro y enhiesto como un menhir: “De Comillas, provincia de Santander”. Dámaso Lezcano Salvatierra, compañero de pupitre, aventuras, sueños y sonrisas. No había vuelto a saber de él desde hacía más de cincuenta años. Mi vista resbaló desde el teléfono hasta el ordenador. Sí, por qué no. Era una posibilidad no contemplada hasta ese momento, pero como una reacción predestinada decidí encomendarme al omnisciente gran hermano. Allí tecleé su nombre y apellidos, en el buscador, desconfiado de que la pantalla me mostrara información relevante. Pero me equivoqué. Después de tanto tiempo volví a tener noticias de mi inseparable. Abrí la página, una escueta información que releí varias veces con un roce áspero en el alma. Estaba fechada en Comillas unos meses atrás. Fue la única referencia que apareció en internet sobre él, no podía tratarse de otro con semejante nombre y apellidos, esa población y la edad que le asignaban: con los ojos entornados, permanecí absorto ante la esquela de mi entrañable y remoto compañero de juegos. * * * Durante los meses siguientes la pregunta rebotó de nuevo en mi cabeza después de un lapso de varias décadas, después de una ausencia imperdonable en mi memoria. ¿Por qué desapareció Dámaso de mi vida?, ¿por qué él y su familia un día, simplemente, ya no estaban? Nadie supo o quiso explicármelo, ni siquiera mi madre que tan buena relación mantenía con la suya. Su piso de alquiler se convirtió en un panteón de quietud absoluta, donde quedaron sepultados los recuerdos hasta que lo ocuparon unos nuevos inquilinos. Tenía razón el profesor que me invitó al curso de verano: sobrecoge la vista del palacio de La Magdalena cabalgando sobre la península que apuñala el mar, convirtiéndose en cerrojo de la bahía de Santander. Se trata de uno de esos edificios eclécticos que por su hermosura y armonía suaviza el estado de ánimo. Lo recorrí con parsimonia después de finalizar mi intervención, delineé sus muros y barrí sus rincones imaginándomelo como un magnífico escenario donde jugar al escondite, un lugar asombroso con recónditos lugares donde ocultarse. Era uno de nuestros juegos preferidos, de Dámaso y mío, hasta que un día mi padre me abofeteó al percatarse de que habíamos estado trasteando en el armario, justo donde él guardaba su pistola. No olvidaré jamás la imagen de mi amigo recién descubierto entre camisas y chaquetas, los ojos con un brillo intenso, fascinado por el arma que acariciaba con las manos como si se tratara de la lámpara maravillosa. Reconozco que se convirtió en obsesión desde que la esquela me golpeó, saber qué había sido de Dámaso, dónde había gastado el resto de su vida, esa misma obsesión depresiva que se apoderó de mí los días, los meses que siguieron a su marcha, y ahora me encontraba en la provincia que él recitaba como un ensalmo cuando le preguntaban su lugar de origen, allí, enfrentado a un Cantábrico embravecido cuyas salpicaduras espumosas me lamían el rostro. En ese momento fue cuando decidí posponer mi regreso, desprenderme de mi habitual timidez y acercarme hasta Comillas, un lugar inédito para mí como lo era el mismo Santander, y allí perseguir el rastro difuso de mi amigo que me condujera a despejar las incógnitas. No estoy seguro de las causas, quizá fuera la inminencia de un reencuentro con lo que ya era sólo un poso en la memoria, lo cierto es que esa noche de relativo insomnio en el hotel Vincci se me fueron representando detalles que yo creía por siempre exiliados. Así recordé entre brumas (eran más de cinco décadas de por medio) cómo se torció de forma irrestañable el ya desabrido carácter de mi padre después de la partida de mi amigo y su familia, sí, estaba seguro de que una cosa arrastró a la otra en su sucesión temporal. Aumentaron las discusiones entre mis padres, ella solía llorar, él solía gritar, y desde el amparo de mi habitación, mi refugio en aquellos trances turbios, supe que hablaban de mis vecinos, los padres de Dámaso. Supongo que aquellos hechos se amalgamaron con la ausencia de quien yo tanto estimaba para que fueran días barnizados de desazón. Sin embargo, de camino a Comillas la mañana siguiente, con la mirada fundida con la ventana del autobús, preferí evocar solamente los instantes gozosos transcurridos junto a Dámaso: los partidos de fútbol en el descampado, las noches tibias en el cine de verano, los tebeos intercambiados, nuestros inocentes rituales secretos, pero, sobre todo, los mundos fabulosos en que se transformaban nuestras casas en ausencia de los adultos para albergar aventuras increíbles o nuestro excitante juego del escondite: los bajos de las camas eran cuevas, las sillas y mesas conformaban desfiladeros, los armarios eran puertas conducentes a otra dimensión, y así, entre periplos por mares ignotos o arriesgadas misiones espaciales, desgranamos hasta la minuciosidad las anatomías de nuestras viviendas, realizando descubrimientos a veces insospechados: un pendiente extraviado, alguna moneda errante, cartas de tinta desteñida, la pistola de mi padre, o como aquel paquete que apareció aplastado entre armario y pared en la casa de Dámaso. Comillas no me resultó indiferente. A su indudable sabor marinero se le unía el encanto de sus calles añejas, la majestuosidad fantasmal de su universidad clausurada, el sobrecogedor aspecto gótico de su cementerio, el emblemático Capricho de Gaudí y el imponente palacio del marqués de Comillas dominando sobre su colina. Me acerqué hasta el centro de la villa rastreando el campanario que buscaba el cielo entre los tejados y allí indagué y confirmé, atendido por un párroco de tez cerúlea, que el sepelio de mi amigo se ofició en ese mismo lugar hacía ya casi un año. “Este Dámaso no es que hiciera buenas migas con la Iglesia, pero fue su esposa quien insistió. De hecho, su cuerpo fue luego incinerado”. “¿Es posible que me dé su dirección?”, le pregunté, y su respuesta me condujo a una angosta calle donde una pequeña casa florecía de geranios en sus balcones. No puedo ocultar que en ese instante me sentí estúpido. ¿Qué demonios me proponía con mi visita? ¿Expresar mis condolencias en base a una amistad caducada hacía una eternidad? ¿Inquirir por una huida cuyas causas ya a nadie interesaban? Esbocé una frágil sonrisa plantado frente a la entrada de la casa, con la mirada adherida al suelo. Ya iba a volverme cuando la puerta se abrió. Una mujer de mi edad pareció radiografiarme con sus ojos de un azul líquido. -¿Ignacio? Quedé atónito. Ella parecía atónita. Yo nunca había visto antes a esa mujer. Mi mutismo debió de darle una pobre impresión de mi persona. -¿Eres Ignacio V…, el escritor? –siguió diciendo con gesto amable. Sólo atiné a asentir con la cabeza-. No te imaginas las veces que Dámaso me ha hablado de ti. Pero no te quedes ahí, hombre, pasa, pasa. Comprendí por qué me había reconocido la que se presentó como Mar, la esposa de mi amigo. Mi fama como escritor no era excesiva pero tampoco nula, así que deduje que Dámaso debió de haber seguido a través de los medios mis escasas apariciones. Me hizo acomodarme en un sofá, me ofreció una taza de café que decliné a cambio de un poleo, problemas con la tensión, le confesé, y cuando por fin mi lengua se liberó de su cepo, le di el pésame por la pérdida de mi añorado. Le pregunté por las causas del fallecimiento, “un accidente de tráfico”, me dijo, “un coche que se le vino encima en sentido contrario”. Volví a condolerme y le expliqué el cúmulo de circunstancias que me condujeron hasta Comillas. “Para mí ha sido una incógnita qué fue de Dámaso desde que dejamos de vernos”, le dije. Así supe, de boca de Mar, que su familia se marchó a Francia en aquel descolorido 1963, que regresó a mediados de los ochenta a España, al pueblo que lo vio nacer y donde se conocieron y se casaron. También me dijo la admiración que me profesaba, “ya ves, el hijo de un policía implicado en revueltas estudiantiles contra el régimen franquista, eso sí que es tener cojones, y luego míralo, convertido en escritor comprometido”, me contaba Mar poniendo en su boca las palabras de Dámaso. Aquellas confesiones me retrotrajeron a la amarga época en que mi padre decidió que ya no tenía hijo, que yo me había convertido en un sucio rojo que denigraba el apellido familiar. Me visitó la primera vez que acabé en el calabozo, con ojos acerados y la náusea en el rostro, avergonzado de que sus compañeros de la Secreta le comunicaran quién era el nuevo pájaro que había caído. Cuando estuve en la cárcel no se dignó a verme, encadenado por una humillación que se le hizo insoportable, que tuvo que roerle por dentro y que, estoy convencido, se alió con el tabaco para provocarle un cáncer que lo fulminó en unos meses, poco antes de que la Dictadura escribiera su punto final. Mi padre, al que se le agrió el carácter hurtándole la sonrisa desde mucho antes de mi actividad clandestina. Mi padre, que era como penumbra cuando regresaba a casa, avaro de palabras con mi madre y conmigo, amargado no sé por qué oscura razón. Mi padre, que sólo en su lecho de muerte volvió a aceptar la mano que le tendí. Mi ensimismamiento tuvo que llamar la atención de Mar. “No es nada”, le dije, “sólo que a veces los recuerdos nos sumen en una profunda tristeza”. Ella asentía con la cabeza mientras sus ojos se licuaban, demasiada reciente la pérdida de su marido. Continuamos nuestra charla y supe que Dámaso trabajó de camarero en Montpellier, que abrió su propio restaurante en Comillas, y luego, Mar se levantó para volver con cada una de las novelas que yo había publicado. “Las releyó todas”, me dijo, “para él no había nadie que escribiera tan bien como tú”. Me enterneció la lealtad de mi inseparable, como el amor de madre que nunca se diluye, y me extrañó que, habiendo seguido mi rastro a través de los años, nunca hiciera el intento de contactar conmigo. “Le pudo la timidez”, contestó Mar, “el temor a que tú ya no lo recordaras, pero yo creo que no era sólo eso, sino también un cierto miedo a que se deshiciera la imagen idílica que de ti conservaba a través de sus recuerdos de la niñez y tus libros”. La conversación giró entonces en torno a nuestros años comunes, a la dulce época de la infancia que era un bollo mojado en chocolate humeante mientras nuestras madres escuchaban emocionadas la radionovela, que era fascinación ante los cromos de animales que coleccionábamos, que era la lectura en clase de la enciclopedia Álvarez, que era nuestro deseo de manejar el balón como Di Stéfano o Gento, que era nuestro emocionante y secreto juego del escondite, que era un universo que se extinguió con el escepticismo propio de la edad adulta o, en mi caso, incluso antes, cuando Dámaso se esfumó para siempre. Había llegado el momento de preguntarlo, de resolver esa duda que me asedió tras su marcha y que me obsesionó de nuevo desde que la esquela apareció en una fría pantalla de ordenador. -¿Por qué, Mar, por qué se fueron a Francia de repente? Aquello pareció una huida. -Pensé que lo sabías. Claro, era natural que ella pensara que yo sabía, pero no era así, ni mucho menos, porque a mí nunca se me dijo nada. Hasta esa mañana de julio rizada por el viento no conocí, para estupefacción mía, una sorprendente historia en la que mi familia no era en absoluto ajena. * * * Mientras aguardaba mi vuelo en el aeropuerto de Santander, mientras surcaba los cielos, la conversación con Mar se repetía en mi mente con la fidelidad de una grabación. Hasta era capaz de rememorar sus gestos, el arco que imprimía a sus cejas, la inflexión en el tono de sus palabras, como suele suceder con los hechos esenciales de nuestra existencia y que quedan engarzados en las neuronas. Comunista, el padre de Dámaso era comunista. Aquella explicación no me dejó satisfecho, porque comunistas había muchos en España, aunque amparados en el disfraz de la normalidad, ocultando la impotencia y la rabia que les causaba un Régimen represor para poder sobrevivir en su propia tierra. “Pero no era alguien cualquiera en el PCE”, me aclaró Mar, “sino el enlace con los dirigentes en el exilio y los que decidieron quedarse y resistir en la clandestinidad. Él almacenaba en su memoria los nombres de todos los compañeros que jugaban un papel fundamental en la lucha, los que, de forma ilusa, jamás admitieron la derrota”. -¿Fue descubierto? –le pregunté mientras comprobaba en mis labios que el poleo se había enfriado. -Sí, pero tuvo ocasión de huir con su familia antes de su inminente detención. Dámaso no tuvo oportunidad de decirte adiós. -¿Alguien le avisó? -Claro, querido Ignacio. Fue tu madre quien lo hizo. Pero ella nunca me dijo nada. Mar no pudo aclararme el modo en que mi madre supo que asediaban al padre de Dámaso, pero yo ya barruntaba una serie de posibilidades que también explicaban por qué la relación entre mis padres se resquebrajó como el lecho seco de un pantano. Aun así, lo mejor era que ella misma me lo contara, y ese fin de semana recorrí el sendero entre pinos que conducía a la residencia de ancianos, el camino que transitaba con periodicidad inexacta, con intervalos temporales a veces dilatados en exceso y que machacaban mi conciencia de hijo irredento y solitario, de hombre divorciado que debería disponer de más tiempo para visitar a su madre. La encontré sentada a la sombra de una pérgola cuajada de buganvillas en flor, con esa lasitud propia de quien piensa que el futuro ya es una época que pertenece al pasado. Sólo tuvo conocimiento de mi aproximación cuando la besé y le tomé la mano. Se alegró de mi presencia, cómo no, supongo que yo era el único que podía penetrar en la burbuja de inmensa soledad que expresaban aquellos ojos enmarcados por arrugas. Hablamos de esto y de lo otro, de su salud y de la mía, de lo intrascendental, hasta que le pregunté abiertamente si recordaba a mi amigo Dámaso, aquel gorrioncillo que se ocultaba en los lugares más inverosímiles de su casa y la nuestra. Fue como si en su mirada prendiera una chispa. “¿Por qué me preguntas ahora eso, hijo, después de tantos años?”, y yo le conté, le enumeré los eslabones de una cadena que me retrotrajo al pasado: una invitación a un curso de verano, una esquela, Comillas, una charla, el porqué de una huida y ella misma, mi madre, como último eslabón. Permaneció un tiempo indefinido en suspenso, como desactivada; sólo el brillo húmedo de sus ojos delataba su tribulación. -Tu padre siempre sospechó que había sido yo quien les avisó. Lo negué una y otra vez, pero tenía razón. Él había llegado días antes excitado a casa. “Estamos detrás de esos comunistas”, me dijo, “esperamos un chivatazo que delate a algunos peces gordos”. Él odiaba a los comunistas, por lo que le hicieron a tu abuelo en la Guerra, ya sabes, pero yo no, yo sólo entiendo de personas, y aquellos vecinos eran buena gente, Ignacio, no pude consentir que los destrozaran. -Pero, ¿cómo supiste tú de las actividades del padre de Dámaso? -Por vuestra manía de revolver todo cuando jugabais al escondite. No entendí. Luego me habló de una octavilla encontrada en un bolsillo de mi pantalón cuando ella lo escudriñaba antes de lavarlo. “¿No te acuerdas, hijo? Te pregunté que de dónde lo habías sacado. Te resististe, pero acabaste confesando que en casa de Dámaso”. Yo me encogí de hombros; aquel episodio era una laguna oscura en mi cerebro. “Era propaganda comunista en contra de Franco. Lo encontrasteis detrás de un armario en su casa”. Y entonces me sobrevino como un fogonazo nuestro juego del escondite, el paquete atrapado entre armario y pared, las cuartillas rojizas que albergaba clonadas una y otra vez, “no pasará nada si cogemos una”, me dijo Dámaso, “será como nuestro tesoro”. Mi madre dudó. Por un lado estaba su marido, por otro la opción de evitar una desgracia. Cuando se acercó a casa de mi amigo para advertirles, su madre no admitió nada, solamente le desapareció el color de la cara. Al día siguiente ya no estaban. “Lo peor”, continuó, “fue que algunos compañeros de tu padre creyeron que él había sido quien avisó a nuestros vecinos. Aquello lo amargó para el resto de sus días. Muchas veces he llorado por mi cobardía, por no admitir que fui yo quien lo hizo”. Ahí fue cuando ya no pudo más y rompió la presa que retenía sus lágrimas. Yo la abracé intentando consolarla, pero maldito consuelo se puede proporcionar cuando la herida es incurable de tan profunda. Han pasado varias semanas desde la dolorosa entrevista con mi madre. He rememorado hasta el aturdimiento mis días junto a Dámaso, aquel episodio fortuito que marcó la bifurcación de nuestros caminos, planteándome qué habría ocurrido si no hubiésemos tenido la costumbre de destripar los rincones de nuestras casas. Probablemente mi padre no se habría hundido en una ciénaga y mi madre habría quedado exenta de remordimientos, pero luego pienso que el sentimiento de culpabilidad también habría terminado por comérsela de haber acabado el padre de Dámaso en la cárcel. No sé qué fue mejor. Lo cierto es que los hechos sucedieron de manera unívoca, y eso no puede cambiarse. Sin embargo, me sobrecoge conocer de qué manera aquel juego inocente se convirtió en ruleta que decidió el destino de dos familias. No me gusta recordarlo así, porque es como si me robaran la infancia, como si la mancharan con la porquería de la sinrazón humana, y entonces, como antídoto, cierro los ojos muy fuerte y hago como quiso hacer Dámaso, sólo recordar nuestras risas aupados por la excitante felicidad de nuestro juego del escondite, transportados a un mundo prístino donde no caben la maldad ni los absurdos prejuicios adultos, y así, muy quieto sobre mi cama, me sobreviene el delicioso olor del bollo mojado en chocolate, la magia de una noche en un cine de verano o el colorido entrañable de la portada de la enciclopedia Álvarez.