Alessandro Baricco: Seda (Tramo 2)
Sobre este episodio
Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Hielo Maravilloso I", de Green Planet Studio Youtube.com Al día siguiente, temprano por la mañana, Hervé Joncour partió. Escondidos entre su equipaje, llevaba consigo millares de huevos de gusanos de seda, es decir, el futuro de Lavilledieu, y el trabajo para centenares de personas y la riqueza para una decena de ellas. Donde el camino giraba a la izquierda, escondiendo para siempre, tras el perfil de la colina, la vista de la aldea, se detuvo, sin tener en cuenta a los dos hombres que lo acompañaban. Bajó del caballo y permaneció un rato al borde del camino con la mirada fija en aquellas casas encaramadas sobre la ladera de la colina. Seis días después Hervé Joncour se embarcó, en Takaoka, en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó hasta Sabirk. Desde allí ascendió por la frontera china hasta el lago Baikal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, llegó hasta Kiev y recorrió en tren toda Europa, de este a oeste, hasta entrar, después de tres meses de viaje, en Francia. El primer domingo de abril —justo a tiempo para la misa mayor— llegó a las puertas de Lavilledieu. Vio a su mujer que corría a su encuentro, y notó el perfume de su piel cuando la abrazó, y el terciopelo de su voz cuando le dijo —Has vuelto. Dulcemente. —Has vuelto. En Lavilledieu la vida transcurría apaciblemente, regida por una metódica normalidad. Hervé Joncour dejó que le resbalara por encima durante cuarenta y un días. El cuadragésimo segundo se rindió, abrió un cajón de su baúl de viaje, sacó un mapa del Japón, lo abrió y cogió la hojita de papel que había escondido dentro meses antes. Unos pocos ideogramas dibujados uno debajo del otro. Tinta negra. Se sentó ante su escritorio y permaneció observándolo largo tiempo. Encontró a Baldabiou en el café de Verdun, en el billar. Siempre jugaba solo, contra sí mismo. Extrañas partidas. El sano contra el manco, las llamaba. Tiraba un golpe normalmente y el siguiente con una sola mano. El día que gane el manco —decía—, me marcharé de esta ciudad. Desde hacía años, el manco perdía. —Baldabiou, tengo que encontrar a alguien aquí que sepa leer japonés. El manco lanzó un tiro a dos bandas con efecto de retroceso. —Pregúntale a Hervé Joncour, él lo sabe todo. —Yo no entiendo nada. —Aquí, tú eres el japonés. —Pero de todas formas no entiendo nada. El sano se inclinó sobre el taco y tiró un golpe perpendicular de seis puntos. —Entonces sólo queda Madame Blanche. Tiene una tienda de tejidos en Nîmes. Encima de la tienda hay un burdel. También es cosa suya. Es rica. Y es japonesa. —¿Japonesa? ¿Y como llegó hasta aquí? —No se lo preguntes si quieres sacarle algo. Mierda. El manco acababa de fallar un tiro a tres bandas de catorce puntos. A su mujer Hélène, Hervé Joncour le dijo que tenía que ir a Nîmes por asuntos de trabajo. Y que volvería el mismo día. Subió al primer piso, sobre la tienda de tejidos, en el número doce de la rue Moscat, y preguntó por Madame Blanche. Le hicieron esperar largo rato. El salón estaba decorado como para una fiesta que se hubiera iniciado años atrás y que nunca hubiera acabado. Las chicas eran todas jóvenes y francesas. Había un pianista que tocaba, en sordina, motivos que tenían un aire ruso. Al final de cada pieza se pasaba la mano derecha entre los cabellos y murmuraba en voz baja —Voilà. Hervé Joncour esperó durante un par de horas. Después lo acompañaron por un largo pasillo hasta la última puerta. La abrió y entró. Madame Blanche estaba sentada en una gran butaca, junto a la ventana. Vestía un kimono de tela ligera completamente blanco. En los dedos, como si fueran anillos, llevaba unas pequeñas flores de color azul intenso. El cabello negro, reluciente; el rostro oriental, perfecto. —¿Qué os hace pensar que sois lo suficientemente rico como para acostaros conmigo? Hervé Joncour permaneció de pie, frente a ella, con el sombrero en la mano. —Necesito que me hagáis un favor. No me importa el precio. Después sacó del bolsillo interior de la chaqueta una pequeña hoja de papel, doblada en cuatro, y se la tendió. —Tengo que saber qué es lo que hay escrito. Madame Blanche no se movió ni un milímetro. Tenía los labios entrecerrados, parecían la prehistoria de una sonrisa. —Os lo ruego, madame. No había ningún motivo en el mundo para que lo hiciera. Sin embargo, cogió la hoja de papel, la abrió, la miró. Levantó los ojos hacia Hervé Joncour, volvió a bajarlos. Dobló de nuevo la hoja, lentamente. Cuando se adelantó para devolvérsela, el kimono se le entreabrió apenas, a la altura del pecho. Hervé Joncour vio que no llevaba nada debajo, y que su piel era joven y de un blanco inmaculado. —Regresad o moriré. Lo dijo con voz fría, mirando a Hervé Joncour a los ojos y sin dejar escapar el menor gesto. Regresad o moriré. Hervé Joncour volvió a meter el papel en el bolsillo interior de la chaqueta. —Gracias. Esbozó una pequeña reverencia, después se dio la vuelta, se dirigió hacia la puerta y quiso dejar algunos billetes en la mesa. —Dejadlo estar. Hervé Joncour dudó un instante. —No hablo del dinero. Hablo de esa mujer. Dejadlo estar. No morirá y vos lo sabéis. Sin volverse, Hervé Joncour depositó los billetes en la mesa, abrió la puerta y se marchó. Decía Baldabiou que a veces venían desde París para hacer el amor con Madame Blanche. Al regresar a la capital, lucían en la solapa de sus trajes pequeñas flores azules, las que ella llevaba siempre entre los dedos, como si fueran anillos. Por vez primera en su vida, Hervé Joncour llevó a su mujer aquel verano a la Riviera. Se instalaron durante dos semanas en un hotel de Niza, frecuentado sobre todo por ingleses y famoso por las veladas musicales que ofrecía a sus clientes. Hélène se había convencido de que en un lugar como aquél lograrían concebir el hijo que, en vano, habían esperado durante años. Juntos decidieron que sería un niño. Y que se llamaría Philippe. Participaban con discreción en la vida mundana del balneario, para divertirse después encerrados en su habitación, burlándose de los tipos extraños que habían conocido. Una noche, durante un concierto, conocieron a un comerciante de pieles polaco: decía que había estado en Japón. La noche antes de partir, Hervé Joncour se despertó cuando todavía era de noche, y se levantó y se acercó a la cama de Hélène. Cuando ella abrió los ojos, él oyó su propia voz que decía suavemente: —Te amaré siempre. A principios de septiembre los criadores de gusanos de seda de Lavilledieu se reunieron para decidir qué hacer. El gobierno había enviado a Nîmes a un joven biólogo encargado de estudiar la enfermedad que estaba destruyendo los huevos producidos en Francia. Se llamaba Louis Pasteur: trabajaba con microscopios capaces de ver lo invisible, se decía que había obtenido ya resultados extraordinarios. Desde Japón llegaban noticias sobre una inminente guerra civil, fomentada por las fuerzas que se oponían a la entrada de extranjeros en el país. El consulado francés, instalado en Yokohama desde hacía poco tiempo, enviaba despachos que desaconsejaban por el momento emprender relaciones comerciales con la isla, invitando a esperar tiempos mejores. Inclinados a la prudencia y sensibles a los enormes costos que comportaba cada expedición clandestina al Japón, muchos de los notables de Lavilledieu aventuraron la posibilidad de suspender los viajes de Hervé Joncour y confiar por aquel año en las partidas de huevos, escasamente fiables, que llegaban de los grandes importadores del Oriente Medio. Baldabiou estuvo escuchándolos a todos sin decir ni una palabra. Cuando por fin le tocó hablar a él, lo que hizo fue dejar su bastón de caña sobre la mesa y dirigir su mirada hacia el hombre que se sentaba frente a él. Y esperar. Hervé Joncour sabía de las investigaciones de Pasteur y había leído las noticias que llegaban del Japón, pero siempre se había negado a comentarlas. Prefería emplear su tiempo en retocar el proyecto de parque que quería construir en torno a su casa. En un rincón escondido de su despacho conservaba una hoja de papel doblada en cuatro, con unos pocos ideogramas dibujados uno debajo del otro, tinta negra. Tenía una considerable cuenta en el banco, llevaba una vida tranquila y albergaba la razonable ilusión de convertirse pronto en padre. Cuando Baldabiou levantó la mirada hacia él, lo que dijo fue —Decide tú, Baldabiou. Hervé Joncour partió hacia el Japón a primeros de octubre. Cruzó la frontera francesa cerca de Metz, atravesó Württemberg y Baviera, entró en Austria, llegó en tren a Viena y Budapest para proseguir después hasta Kiev. Recorrió a caballo dos mil kilómetros de estepa rusa, superó los Urales, entró en Siberia, viajó durante cuarenta días hasta llegar al lago Baikal, al que la gente del lugar llamaba el último. Descendió por el curso del río Amur, bordeando la frontera china hasta el océano, y cuando llegó al océano se detuvo en el puerto de Sabirk durante diez días, hasta que un barco de contrabandistas holandeses lo llevó a Cabo Teraya, en la costa oeste del Japón. Lo que halló fue un país en desordenada espera de una guerra que no acababa de estallar. Viajó durante días sin tener que recurrir a la prudencia acostumbrada, ya que a su alrededor el mapa de los poderes y la red de los controles parecían haberse disuelto ante la inminencia de una explosión que los rediseñaría. En Shirakawa se encontró con el hombre que tenía que llevarlo ante Hara Kei. En dos días, a caballo, llegaron a la vista de la aldea. Hervé Joncour entró a pie para que la noticia de su llegada pudiera llegar antes que él. Lo llevaron hasta una de las últimas casas del pueblo, en lo alto, al abrigo del bosque. Cinco sirvientes lo estaban esperando. Les confió su equipaje y salió a la galería. En el extremo opuesto del pueblo se distinguía en parte el palacio de Hara Kei, un poco más grande que el resto de las casas, pero rodeado por enormes cedros que defendían su soledad. Hervé Joncour permaneció observándolo, como si no hubiera nada más desde allí hasta el horizonte. Así pudo ver, al final, de repente, el cielo sobre el palacio tiznarse por el vuelo de cientos de pájaros, como si fuera un estallido de la tierra, pájaros de todo tipo, desorientados, huyendo hacia cualquier parte, enloquecidos, cantando y gritando, pirotécnica explosión de alas y nube de colores disparada en la luz y de sonidos asustados, música en fuga, volando en el cielo. Hervé Joncour sonrió. El pueblo empezó a bullir como un hormiguero enloquecido: todos corrían y gritaban, miraban arriba y perseguían a aquellos pájaros en fuga, durante años orgullo de su señor, y ahora burla alada por el cielo. Hervé Joncour salió de su casa y descendió por la aldea, caminando lentamente y mirando hacia adelante con una calma infinita. Nadie parecía verlo y nada parecía ver él. Era un hilo de oro que corría recto en la trama de una alfombra tejida por un loco. Traspasó el puente sobre el río, bajó hasta los grandes cedros, penetró en su sombra y salió de ella. Frente a sí vio la inmensa pajarera, con las puertas abiertas de par en par, completamente vacía. Y delante de la misma, a una mujer. Hervé Joncour no miró a su alrededor, simplemente continuó caminando, con lentitud, y sólo se paró cuando estuvo frente a ella. Sus ojos no tenían sesgo oriental, y su rostro era el rostro de una muchacha joven. Hervé Joncour dio un paso hacia ella, extendió el brazo y abrió la mano. En la palma había una pequeña hoja de papel, doblada en cuatro. Ella la vio y cada esquina de su rostro sonrió. Apoyó su mano en la de Hervé Joncour, la apretó con dulzura, dudó un instante, después la retiró apretando entre los dedos aquella hoja que había dado la vuelta al mundo. Acababa de esconderla en un pliegue del vestido cuando se escuchó la voz de Hara Kei. —Sed bienvenido, mi amigo francés. Estaba a pocos pasos de allí. El kimono oscuro, el pelo, negro, perfectamente recogido en la nuca. Se acercó. Se puso a observar la pajarera, mirando una a una las puertas abiertas. —Volverán. Es siempre difícil resistir la tentación de volver, ¿no es cierto? Hervé Joncour no respondió. Hara Kei lo miró a los ojos y apaciblemente le dijo —Venid conmigo. Hervé Joncour lo siguió. Dio unos pasos y después se volvió hacia la muchacha y esbozó una inclinación. —Espero volver a veros pronto. Hara Kei siguió caminando. —No conoce vuestra lengua. Dijo. —Venid conmigo. Aquella noche Hara Kei invitó a Hervé Joncour a su casa. Había algunos hombres de la aldea y mujeres vestidas con gran elegancia, con el rostro pintado de blanco y de colores chillones. Se bebía sake, se fumaba en largas pipas de madera un tabaco de aroma áspero y aturdidor. Aparecieron unos saltimbanquis y un hombre que arrancaba carcajadas imitando a hombres y animales. Tres ancianas mujeres tocaban instrumentos de cuerda, sin dejar nunca de sonreír. Hara Kei estaba sentado en el lugar de honor, vestido de oscuro, con los pies descalzos. Envuelta en un vestido de seda espléndido, la mujer con el rostro de muchacha estaba sentada a su lado. Hervé Joncour se hallaba en el extremo opuesto de la habitación: estaba asediado por el perfume dulzón de las mujeres que tenía alrededor y sonreía con embarazo a los hombres que se divertían contándole historias que él no entendía. Mil veces buscó los ojos de ella y mil veces ella encontró los suyos. Era una especie de triste danza, secreta e impotente. Hervé Joncour la bailó hasta bien entrada la noche, después se levantó, dijo algo en francés para disculparse, se zafó como pudo de una mujer que había decidido acompañarle y, abriéndose paso entre nubes de humo y hombres que le vociferaban en aquella lengua suya incomprensible, se marchó. Antes de salir de la habitación, miró una última vez hacia ella. Le estaba mirando, con ojos completamente mudos, a una distancia de siglos. Hervé Joncour vagabundeó por la aldea respirando el aire fresco de la noche y perdiéndose entre los callejones que recorrían la ladera de la colina. Cuando llegó a su casa vio que un farol encendido oscilaba tras las paredes de papel. Entró y encontró a dos mujeres de pie ante él. Una muchacha oriental, muy joven, vestida con un sencillo kimono blanco. Y ella. Tenía en los ojos una especie de febril alegría. No le dejó tiempo para hacer nada. Se acercó, le cogió una mano, se la llevó a la cara, la rozó con los labios y después, apretándola fuerte, la puso sobre las manos de la muchacha que estaba a su lado, y la mantuvo allí, durante unos instantes, para que no pudiera escapar. Por fin, retiró su mano, dio dos pasos hacia atrás, cogió su farol, miró por un instante a los ojos a Hervé Joncour y salió corriendo. Era un farol anaranjado. Desapareció en la noche, como una pequeña luz que huye. Hervé Joncour no había visto nunca a aquella muchacha ni, en realidad, llegó a verla durante aquella noche. En habitación sin luces sintió la belleza de su cuerpo, y conoció sus manos y su boca. La amó durante varias horas, con movimientos que nunca había hecho, dejándose enseñar una lentitud que desconocía. En la oscuridad, no importaba amar a aquella joven y no a ella. Poco antes del alba la muchacha se levantó, se puso su kimono blanco y se marchó. Delante de su casa, esperándole, Hervé Joncour encontró a la mañana siguiente a un hombre de Hara Kei. Tenía consigo quince hojas de corteza de morera completamente cubiertas de huevos: minúsculos, de color marfil. Hervé Joncour examinó cada hoja con atención, después discutió el precio y pagó con limaduras de oro. Antes de que el hombre se marchara, le dio a entender que quería ver a Hara Kei. El hombre sacudió la cabeza. Hervé Joncour comprendió por sus gestos que Hara Kei se había marchado aquella mañana temprano con su séquito y que nadie sabía cuándo volvería. Hervé Joncour atravesó la aldea corriendo hasta la residencia de Hara Kei. No encontró más que a unos criados que a todas sus preguntas respondían sacudiendo la cabeza. La casa parecía desierta. Y por mucho que miró a su alrededor, y en las cosas más insignificantes, no vio nada que pareciera un mensaje para él. Abandonó la casa y, mientras volvía hacia la aldea, pasó por delante de la enorme pajarera. Sus puertas estaban cerradas de nuevo. Dentro, centenares de pájaros volaban, resguardados del cielo. Hervé Joncour esperó aún durante dos días más algún tipo de señal. Después partió. Le aconteció que, a poco más de media hora de la aldea, tuvo que pasar junto a un bosque del que llegaba un singular y plateado estrépito. Escondidas entre las hojas se distinguían miles de manchas oscuras de una bandada de pájaros que se había detenido a descansar. Sin dar explicaciones a los dos hombres que le acompañaban, Hervé Joncour detuvo su caballo, sacó el revólver del cinturón y disparó seis veces al aire. La bandada, aterrorizada, se elevó hacia el cielo como una nube de humo liberada por un incendio. Era tan grande que se podía llegar a ver a días y días de camino de allí. Oscura en el cielo, sin otra meta que su propio extravío. Seis días después Hervé Joncour se embarcó, en Takaoka, en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó hasta Sabirk. Desde allí ascendió por la frontera china hasta el lago Baikal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, llegó hasta Kiev y recorrió en tren toda Europa de este a oeste, hasta entrar, después de tres meses de viaje, en Francia. El primer domingo de abril —justo a tiempo para la misa mayor— llegó a las puertas de Lavilledieu. Hizo detener la carroza y permaneció sentado durante unos minutos, inmóvil, detrás de las cortinas echadas. Después descendió y continuó a pie, paso a paso, con un cansancio infinito. Baldabiou le preguntó si había visto la guerra. —No la que yo esperaba —respondió. Por la noche entró en el lecho de Hélène y la amó con tanta impaciencia que ella se asustó y no consiguió retener las lágrimas. Cuando él se dio cuenta, ella se esforzó por sonreírle. —Es que soy muy feliz —le dijo en voz baja. Hervé Joncour entregó los huevos a los criadores de gusanos de Lavilledieu. Después, durante días, no volvió a aparecer por el pueblo, descuidando incluso la habitual y cotidiana visita al café de Verdun. A primeros de mayo, suscitando el estupor general, compró la casa abandonada de Jean Berbeck, aquel que dejó un día de hablar y no volvió a hablar hasta su muerte. Todos creyeron que pensaba instalar allí su nuevo taller. Él ni siquiera empezó a vaciarla. Iba allí de vez en cuando y permanecía solo en aquellas habitaciones, haciendo nadie sabía qué. Un día se llevó consigo a Baldabiou. —¿Tú sabes por qué Jean Berbeck dejó de hablar? —le preguntó. —Es una de las muchas cosas que no dijo nunca. Habían pasado años, pero todavía estaban los cuadros colgados de las paredes y las ollas en el escurreplatos, al lado del fregadero. No era un espectáculo alegre, y Baldabiou, de haber sido por él, se habría marchado de buena gana. Pero Hervé Joncour seguía mirando fascinado aquellas paredes enmohecidas y muertas. Era evidente: buscaba algo allí dentro. —Tal vez sea que la vida a veces da tales vueltas que no queda ya absolutamente nada que decir. Dijo. —Nada de nada, para siempre. Baldabiou no estaba hecho para las conversaciones serias. Miraba fijamente la cama de Jean Berbeck. —Quizá cualquiera habría enmudecido con una casa tan horrenda. Hervé Joncour siguió llevando durante días una vida retirada, dejándose ver poco en el pueblo y empleando su tiempo en trabajar en el proyecto del parque que antes o después construiría. Llenaba hojas y hojas de dibujos extraños, parecían máquinas. Una noche Hélène le preguntó —¿Qué son? —Es una pajarera. —¿Una pajarera? —Sí. —¿Y para qué sirve? Hervé Joncour mantenía los ojos fijos en aquellos dibujos. —Se llenan de pájaros, todos lo que se pueda, y después, un día en el que suceda algo feliz, se abren sus puertas de par en par y se mira cómo vuelan libres. A finales julio Hervé Joncour partió con su mujer hacia Niza. Se establecieron en una pequeña villa a orillas del mar. Así lo había querido Hélène, convencida de que la serenidad de un refugio apartado conseguiría apaciguar el humor melancólico que parecía haberse apoderado de su marido. Tuvo la sagacidad, por otra parte, de hacerlo pasar por un capricho personal suyo, regalando al hombre que la amaba el placer de perdonárselo. Pasaron juntos tres semanas de pequeña, intachable felicidad. Los días en que el calor aflojaba, alquilaban una carroza y se divertían descubriendo pueblos escondidos en las colinas, desde donde el fondo del mar parecía de papel de colores. De vez en cuando se dejaban caer por la ciudad para un concierto o encuentro mundano. Una noche aceptaron la invitación de un barón italiano que celebraba su sexagésimo cumpleaños con una solemne cena en el Hôtel Suisse. Estaban en los postres cuando Hervé Joncour levantó la vista hacia Hélène. Estaba sentada al otro lado de la mesa, junto a un atractivo caballero inglés que, curiosamente, lucía en la solapa del chaqué una coronita de pequeñas flores azules. Hervé Joncour le vio inclinarse hacia Hélène y susurrarle algo al oído. Hélène se echó a reír, de un modo bellísimo, y, mientras se reía, se desplazó ligeramente hacia el caballero inglés, llegando a rozarle con sus cabellos el hombro, en un gesto que no tenía nada de embarazoso pero que era de una exactitud desconcertante. Hervé Joncour inclinó la vista sobre su plato. No pudo dejar de notar que su mano, que sostenía una cucharilla de plata, estaba indudablemente temblando. Más tarde, en el fumoir, Hervé Joncour se acercó, tambaleándose debido al excesivo alcohol ingerido, a un hombre que, sentado solo ante una mesa, miraba al frente con una vaga expresión de estupidez en el rostro. Se inclinó hacia él y le dijo lentamente —Debo comunicaros una cosa muy importante, monsieur. Damos todos asco. Somos todos maravillosos, y damos todos asco. El hombre procedía de Dresde. Era tratante de ganado y no entendía bien el francés. Estalló en fragorosas carcajadas haciendo gestos afirmativos con la cabeza repetidamente, como si no pudiera contenerse. Hervé Joncour y su mujer permanecieron en la Riviera hasta principios de septiembre. Abandonaron la pequeña villa con añoranza, puesto que habían llegado a sentir, entre aquellos muros, la suerte de amarse. Baldabiou llegó a casa de Hervé Joncour a primera hora de la mañana. Se sentaron bajo el porche. —Como parque no es nada del otro mundo. —Todavía no he empezado a construirlo, Baldabiou. —Ah, por eso. Baldabiou no fumaba nunca por la mañana. Sacó la pipa, la llenó y la encendió. —He conocido al tal Pasteur. Es un hombre muy preparado. Me ha enseñado cómo se hace. Es capaz de distinguir los huevos enfermos de los sanos. No sabe curarlos, claro. Pero puede aislar los sanos. Y dice que probablemente un treinta por ciento de los que producimos lo estén. Pausa. —Dicen que en Japón ha estallado la guerra, esta vez de verdad. Los ingleses dan armas al gobierno; los holandeses, a los rebeldes. Parece ser que están de acuerdo. Dejan que se desfoguen entre ellos y después se apoderan de todo y se lo reparten. El consulado francés se limita a mirar, ésos no hacen otra cosa que mirar. Sirven sólo para mandar despachos acerca de masacres y extranjeros degollados como corderos. Pausa. —¿Hay más café? Hervé Joncour le sirvió café. Pausa. —Esos dos italianos, Ferreri y el otro, esos que fueron a China el año pasado…, volvieron con quince mil onzas de huevos, buena mercancía, la han comprado también los de Bollet, dicen que era de primera calidad. Dentro de un mes vuelven a marcharse…, nos han propuesto un buen negocio, sus precios son decentes, once francos la onza, todo cubierto por el seguro. Es gente seria, cuentan con una organización a sus espaldas, venden huevos a media Europa. Gente seria, te repito. Pausa. —No lo sé. Pero quizá lo consigamos. Con nuestros huevos, con el trabajo de Pasteur, y además lo que le podamos comprar a los dos italianos… lo podríamos conseguir. En el pueblo los demás dicen que es una locura mandarte otra vez hasta allí… con todo lo que cuesta…, dicen que es demasiado arriesgado, y en este caso tienen razón, las otras veces era distinto, pero ahora…, ahora es difícil volver vivo de allí. Pausa. —La verdad es que ellos no quieren perder los huevos. Y yo no quiero perderte a ti. Hervé Joncour permaneció unos instantes con la mirada fija en el parque que no existía. Después hizo algo que no había hecho nunca. —Yo voy a ir al Japón, Baldabiou. Dijo. —Voy a comprar esos huevos, y si es necesario, lo haré con mi dinero. Tú debes decidir únicamente si os los venderé a vosotros o a cualquier otro. Baldabiou no se lo esperaba. Era como ver ganar al manco, en la última tacada, a cuatro bandas, una figura imposible. Baldabiou comunicó a los criadores de Lavilledieu que Pasteur no era digno de confianza, que los dos italianos habían estafado ya a media Europa, que en el Japón la guerra acabaría antes del invierno y que Santa Inés, en sueños, le había preguntado si no eran todos un rebaño de acojonados. A la única a quien no pudo mentirle fue a Hélène. —¿De verdad es imprescindible que parta, Baldabiou? —No. —Y, entonces, ¿por qué? —Yo no puedo detenerlo. Y si él quiere ir allí, sólo me queda darle una razón más para que vuelva. Todos los criadores de Lavilledieu pagaron, aun de mala gana, su cuota para financiar la expedición. Hervé Joncour inició los preparativos y a primeros de octubre estaba listo para partir. Hélène, como todos los años, le ayudó, sin preguntar nada, y ocultándole todas sus inquietudes. Sólo la última noche, tras haber apagado la lámpara, halló fuerzas para decirle —Prométeme que volverás. Con voz firme, sin dulzura. —Prométeme que volverás. En la oscuridad, Hervé Joncour respondió —Te lo prometo. El 10 de octubre de 1864, Hervé Joncour partió para su cuarto viaje al Japón. Cruzó la frontera francesa cerca de Metz, atravesó Württemberg y Baviera, entró en Austria, llegó en tren a Viena y Budapest, para proseguir después hasta Kiev. Recorrió a caballo dos mil kilómetros de estepa rusa, superó los Urales, entró en Siberia, viajó durante cuarenta días hasta llegar al lago Baikal, que la gente del lugar llamaba el santo. Descendió por el curso del río Amur, bordeando la frontera china hasta el océano, y cuando llegó al océano se detuvo en el puerto de Sabirk durante ocho días, hasta que un barco de contrabandistas holandeses lo llevó a Cabo Teraya, en la costa oeste del Japón. A caballo, viajando por caminos, atravesó las provincias de Ishikawa, Toyama, Niigata y entró en la de Fukushima. Cuando llegó a Shirakawa halló la ciudad semidestruida y una guarnición de soldados gubernamentales acampados entre las ruinas. Rodeó la ciudad por el lado este y aguardó en vano al emisario de Hara Kei. Al amanecer del sexto día partió hacia las colinas, en dirección norte. Contaba con un par de mapas aproximativos y lo que quedaba en sus recuerdos. Vagó durante días, hasta reconocer un río, y después un bosque, y después un camino. Al final del camino encontró la aldea de Hara Kei: completamente quemada, casas, árboles, todo. No quedaba nada. No quedaba un alma. Hervé Joncour permaneció inmóvil, mirando aquel enorme brasero apagado. Tenía tras de sí un camino de ocho mil kilómetros. Y delante de sí la nada. De repente vio algo que creía invisible. El fin del mundo. Hervé Joncour permaneció durante horas entre las ruinas de la aldea. No era capaz de marcharse aunque supiera que cada hora perdida allí podía significar el desastre para él, y para toda Lavilledieu: no tenía huevos de gusano, y aunque los hubiera encontrado, no le quedaban más que un par de meses para cruzar el mundo antes de que se abrieran, transformándose en un cúmulo de inútiles larvas. Un sólo día de retraso podía significar el fin. Lo sabía, y sin embargo no era capaz de marcharse. De modo que permaneció allí hasta que aconteció una cosa sorprendente e irracional: de la nada, de repente, apareció un chico. Vestido con harapos, caminaba con lentitud, mirando fijamente al extranjero con el miedo en los ojos. Hervé Joncour no se movió. El chico dio algunos pasos más hacia adelante y se detuvo. Permanecieron así, contemplándose, a pocos metros uno del otro. Después, el chico sacó algo de debajo de sus harapos y, temblando de miedo, se acercó a Hervé Joncour y se lo dio. Un guante. Hervé Joncour recordó la orilla de un lago, y un vestido anaranjado abandonado en el suelo, y las pequeñas olas que depositaban el agua en la orilla, como enviadas allí, desde lejos. Cogió el guante y sonrió al chico. —Soy yo, el francés…, el hombre de la seda, el francés, ¿me entiendes?…, soy yo. El chico dejó de temblar. —Francés… Tenía los ojos brillantes, pero sonreía. Comenzó a hablar, velozmente, casi gritando, y a correr, haciendo gestos a Hervé Joncour para que le siguiera. Desapareció por un sendero que penetraba en el bosque, en dirección a las montañas. Hervé Joncour no se movió. Daba vueltas entre las manos a aquel guante como si fuera la única cosa que le hubiera quedado de un mundo desaparecido. Sabía que era ya demasiado tarde. Y que no le quedaba elección. Se levantó. Lentamente se acercó al caballo. Montó en la silla. Después hizo una cosa extraña. Apretó los talones contra el vientre del animal. Y partió. Hacia el bosque, detrás del chico, más allá del fin del mundo. Viajaron durante días, hacia el norte, por las montañas. Hervé Joncour no sabía adónde se dirigían, pero dejó que el chico le guiara, sin intentar preguntarle nada. Encontraron dos aldeas. La gente se escondía en las casas. Las mujeres escapaban corriendo. El chico se divertía como loco gritándoles cosas incomprensibles. No tenía más de catorce años. Tocaba constantemente un pequeño instrumento de bambú, con el que reproducía el canto de todos los pájaros del mundo. Tenía el aspecto de estar haciendo la cosa más hermosa de su vida. El quinto día llegaron a la cima de una colina. El chico señaló un punto, delante de ellos, en el camino que descendía hasta el valle. Hervé Joncour cogió el catalejo y lo que vio fue una especie de desfile: hombres armados, mujeres y niños, carros, animales. Una aldea entera en marcha. A caballo, vestido de negro, Hervé Joncour vio a Hara Kei. Detrás de él se balanceaba un palanquín cubierto en sus cuatro lados por telas de colores llamativos.