# #12 La Soledad de América Latina - Gabriel García Márquez

Episodio de [Lecturas del Bosque](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/lecturas-del-bosque), de Camilo Vadillo.

- Publicado: 20 de agosto de 2022
- Duración: 39 min
- Audio: https://audio4.redcircle.com/episodes/81127a02-5a03-49f4-8c8a-e09f837a86a5/stream.mp3
- Página: https://escuchario.semeescucha.es/podcast/lecturas-del-bosque/episodio/6799210-12-la-soledad-de-america-latina-gabriel-garcia-marquez

## Sobre este episodio

Hola hola, mi nombre es Camilo, y sean bienvenidos a Lecturas del Bosque. Le estaba escapando a hablar sobre Gabriel García Márquez. Porque la verdad es que me gusta tanto que no se bien qué decir. Pero por alguna razón, después de hacer el capítulo anterior aquí en el podcast me dió la curiosidad leer su biografía escrita por Gerarld Martin, un trabajaso que le tomó unos 18 años, y nos muestra una una vida que termina siendo igual o más fantástica que cualquiera de sus relatos. Así que aquí estamos. Vamos a intentar hablar un poquito del maestro de maestros. La mayoría de las historias de García Márquez están conectadas las unas con las otras, como si casi todas existieran dentro de la misma realidad imaginada. Por ejemplo, las cosas que un personaje dice en un cuento a veces solo se terminan de entender al leer otra novela. O hay personajes que deambulan y se pasean de una historia a otra, como reafirmando que estamos en el mismo mundo, en la tierra de Macondo. Hay escritores, que escriben toda su obra como si fuese un solo proyecto, como hechizados siempre por la misma idea, tratando de decir lo mismo de todas las formas posibles. En gran medida, ese es el caso de Gabriel García Márquez. Y aunque parezca contrario, o incluso opuesto a lo colorido y a lo lleno de vida que es su mundo imaginario; este es un mundo, aparentemente levantado y fundado, sobre la idea de la soledad. En una oportunidad Garcia Marquez dijo: «En realidad, uno no escribe sino un libro. Lo difícil es saber cual es el libro que uno está escribiendo. En mi caso, sí es el libro de Macondo, que es lo que más se dice. Pero si lo piensas con cuidado, verás que el libro que yo estoy escribiendo no es el libro de Macondo, sino el libro de la soledad”. Pero cuál es esta soledad y de dónde viene? En realidad podemos ver el rastro de la soledad por todas partes en su obra, desde la soledad en la que José Arcadio descubría el amor en el oscuro y laberíntico cuarto de Pilar Ternera, hasta la soledad de las batallas perdidas, por ejemplo en la alquímica e infructuosa búsqueda de la fortuna eterna que lleva a su padre, también José Arcadio, a la locura. O en los 32 levantamientos en armas del Coronel Aureliano Buendía, para volver a ser siempre derrotado, o la soledad en la que su tropa de hijos que se tuvieron que criar sin padre, o la soledad en la que la pobre cándida Eréndida tuvo que sobrevivir la bestial soledad de su abuela desalmada. O la soledad a la que se tiene enfrenta Fermina Daza cuando se le muere el viejito de su vida, tratando de bajar a su célebre loro del árbol. O la soledad en la que a Florentino Ariza se le quema el corazon en más de medio siglo de amarla. Pero tal vez, y sobre todo, y en todas partes, la colorida y maravillosa soledad de un mundo en el que nadie puede decidir nada sobre si mismo, porque ya estaba todo escrito desde antes de nacer, un mundo donde nadie vive su vida, sino la sufre, de la mejor manera posible, como a una inevitable consecuencia del destino. Quizás sea esa la más grande soledad. Hay un episodio en la vida de Gabriel García Márquez que al parecer tuvo una tremenda importancia en su vida, y que parece que lo termina definiendo como escritor. La importancia de ese episodio es tal, que él mismo comienza a contar su autobiografía con ese episodio: La vez que su madre va a buscarlo a Barranquilla, para que la acompañe a Aracataca, el pueblo en el que vivió su niñez, para vender la casa de sus abuelos. Para entender mejor ese episodio, hay que tomar en cuenta que García Márquez, era de la costa colombiana, y que poco después de su mismo nacimiento, tuvo que vivir sus primeros años de vida con el abandono de su madre, que lo dejó en Aracataca para ser criado por sus abuelos, en un pueblo que estaba viviendo la etapa final de una gran bonanza, la bonanza del banano, que había llenado de dinero y de vida toda la zona de la costa. Vivió en una casa llena de mujeres, de cuentos y de supersticiones, en la que la fantasía era simplemente otro aspecto de la realidad, y donde el abuelo, un ex combatiente de la guerra de los mil días, diccionario en mano, se convierte para el niño en una figura paterna heroica, y en la voz de la razón. Más adelante García Marquez dirá que desde la muerte del abuelo no le ha pasado nada interesante en la vida. En fin, unos años más tarde, es García Marquéz quien tiene que dejar el pueblo para irse con su padre a Barranquilla a ayudarlo a buscar nuevas perspectivas, dejando atrás el mágico mundo de los abuelos. Y más tarde, debe irse sólo, a Bogotá, a buscarse una beca para poder seguir estudiando. Bogotá fue un cambio duro para él. Veía en esta ciudad grande y fría una tristeza completamente opuesta a su pueblito costeño lleno de vida, de folclore y de color. Nunca se acostumbró, y vivía en la nostalgia del paraíso perdido. Entonces, un día llega su madre y lo invita a volver para vender la casa de sus abuelos. Pero al volver nada era como antes. La bonanza del banano había terminado ya hace años, y el que una vez fue un pueblo lleno de magia y de alegría, era ahora un pueblo fantasma, desierto, envejecido, empobrecido, y abandonado. García Marquez narra que cuando llegaron, su madre al saludar a una vieja vecina en una tienda, sin decir ni una sola palabra, al encontrase, se abrazaron y lloraron durante media hora. Y que fue en ese momento que a él le viene la idea de contar por escrito el pasado de todo eso. Este enfrentamiento entre el paraíso de sus recuerdos y la realidad que se le presenta, es quizás la imagen de soledad más profunda, y la idea que fecunda toda la obra de García Márquez. Mario Vargas Llosa, al comentar este episodio nos recuerda un pasaje de Cien años de Soledad, en el que el Coronel Aureliano Buendía vuelve a Macondo, en medio de una de sus guerras, y en su ausencia el tiempo ha deteriorado a su pueblo y a su casa, como había deteriorado a Aracataca cuando García Márquez volvió con su madre. Dice la novela, refiriéndose al Coronel: «No percibió los minúsculos y desgarradores destrozos que el tiempo había hecho en la casa, y que después de una ausencia tan prolongada habrían parecido un desastre a cualquier hombre que conservara vivos sus recuerdos. No le dolieron las peladuras de cal en las paredes, ni los sucios algodones de telaraña en los rincones, ni el polvo de las begonias, ni las nervaduras del comején en las vigas, ni el musgo de los quicios, ni ninguna de las trampas insidiosas que le tendía la nostalgia» . Lo que no le ocurre al Coronel le ocurrió a García Márquez: él sí percibió los destrozos, a él sí le pareció aquello un desastre, él sí cayó en la trampa de la memoria. Vargas Llosa continúa explicando el episodio así: Sufre, pero, en verdad, no tanto por su pueblo como por él mismo. Su dolor es sincero aunque egoísta: se siente engañado, traicionado, contradicho por la realidad. Una infidelidad es el premio que merece su más honda devoción: la Aracataca a la cual se había mantenido aferrado con toda la furia de sus recuerdos, aquélla que lo había hecho sentirse un forastero en el internado, ya no es más. ¿El tiempo destrozó realmente el pueblo o fue su propia memoria lo que el tiempo alteró? No importa: el adolescente, confrontado con ese desmentido brutal que le inflinge la realidad, se siente súbitamente privado de lo que más ansiosamente añoraba, de lo mejor que tenía: su infancia. Un ‘demonio’ que no lo abandonará más acaba de afirmarse en él, y allí permanecerá, azuzándolo, hasta que él sienta que lo ha exorcizado del todo y lo instale a su vez en el título de un libro: la soledad. Por otro lado, Gerald Martin en su biografía, analiza que uno de los pasos importantes que tienen que suceder antes de que García Márquez pueda o llegue escribir su obra maestra, es la toma de conciencia de una identidad y una realidad latinoamericana amplias. Es solo después de viajar por medio mundo, de vivir muchas cosas y conocer mucha gente, solo después de reconocer la realidad latinoamericana y contrastarla con otras, que García Márquez la trata de explicar usando sus propias experiencias personales. Esa toma de conciencia lo hace seguir escribiendo sobre si mismo y su pueblo, pero desde una perspectiva continental. De hecho, Gerald Martin comienza la primera parte de la biografía así: Quinientos años después de que los europeos se toparan con el Nuevo Mundo, a menudo América Latina parece una decepción para sus habitantes. Es como si su destino hubiera sido determinado por Colón, “el gran capitán”, que descubrió el nuevo continente por error, que equivocadamente lo llamó “las indias” y murió lleno de amargura y desilusión a comienzos del siglo XVI; o por Simón Bolivar, que puso fin al gobierno colonial español a principios del siglo XIX, pero murió consternado ante la desunión que reinaba en la región recién emancipada y atenazado por la sombría impresión de que “el que sirve a una revolución, ara el mar”. Más recientemente, el destino de Ernesto “Che” Guevara, el ícono revolucionario romántico por excelencia del siglo XX, que murió como un mártir en Bolivia en 1967. Soló confirmó la idea de que América Latina, el continente desconocido, la tierra del futuro, alberga grandiosos sueños y fracasos calamitosos. Mucho antes de que el nombre de Guevara recorriera el obre, en un pequeño pueblo de Colombia que la historia solo iluminó fugazmente durante los años en que la United Fruit Company, con sede en Boston, decidiera plantar allí bananeras a comienzos del siglo XX, un niño escuchaba absorto mientras su abuelo contaba relatos de una guerra que duró mil días y que al acabar le había hecho sentir también la amarga soledad de los vencidos, relatos de hazañas gloriosas de antaño, de héroes y villanos espectrales; historias que le enseñaron al niño que la justicia no se entrama de manera natural en el urdimbre de la vida, que el bien no siempre vence en el reino de este mundo, y que los ideales que llenan los corazones y el espíritu de muchos hombres y mujeres pueden ser derrotados e incluso desaparecer de la faz de la tierra. A menos que perduren en la memoria de quienes viven para contarla. (entre paréntesis vuelvo a decir que esta biografía es un librononón que no hay que dejar de leer) En fin, en esa introducción eso que dice sobre América Latina, sobre ser la tierra del futuro, nueva y sin embargo olvidada, lugar de sueños colosales y de fracasos estrepitosos, marcada siempre por la inevitabilidad del destino, tierra de nadie, de riqueza infinita y de pobreza interminable, saqueada y ultrajada; y sin embargo, hogar predilecto de la esperanza, de la alegría, del baile, del amor, de la vida en su más total expresión; aunque también de la tragedia, de la desdicha y el dolor. Un lugar, donde todo es posible y nada es seguro, donde la mayoría de sus héroes patrios son también vilipendiados de cobardes o de villanos, y que por añadidura luego van a morirse traicionados, en medio del abandono y la desgracia. Sin un mito de origen satisfactorio, una tierra repleta de hijos sin padre, de embusteros y de piratas. Donde la sombra de la ilegitimidad se extiende por los siglos de los siglos, un continente de la contradicción, del caos y de la fantasía, colmado de individuos, familias y sociedades tan fragmentadas y delirantes como nuestras identidades y conciencias de nosotros mismos. Todo esto, son cosas profundamente ancladas en el imaginario colectivo latinoamericano. Es nuestra peculiar soledad, sobre la que podemos leer hasta enfermarnos, de rabia y frustración, en cualquier buen libro de historia, o escuchar, con incredulidad y asombro, en las historias familiares de prácticamente cualquier familia latinoamericana, o incluso que podemos también verla a nuestro alrededor, en nuestro día a día, o en el noticiero cotidiano. Todos los días hay cosas que no se pueden creer, pero que inexplicablemente suceden. Hay lugares como el nuestro, donde la locura es lo normal. Y La obra de Gabriel Garcia Marquéz nos hace sentir todas estas cosas, en mi experiencia, como ninguna otra. Su obra, es como una síntesis de su vida propia, pero también de la vida latinoamericana. Uno lo lee como asintiendo, como reconociéndose a uno mismo y a su entorno en cada página, aunque el tipo escriba sobre la costa Colombiana y uno sea boliviano. Porque la verdad es que tantos y tantos pueblos por toda América se parecen a Macondo. No se si pasará lo mismo con sus lectores en otros continentes. Pero puede que de alguna manera también sí, porque no deja de ser una obra global, especialmente sobre un mundo en transición, rápida y brutal, de sociedades tradicionales a la era industrial. Ademas, la forma en la que escribe es simplemente bellísima, llena de poesía, de ironía y de humor. Incomparable. En todas las casas que yo viví, siempre hubo varios libros de Garcia Marquéz, con ellos comencé a leer mis primeras novelas. Me encantó, siempre me encantó. Incluso puede ser que haber leído a Garcia Marquéz primero, me haya fregado la experiencia de leer otros libros después, porque en ningún otro encontraba la misma belleza, ningún otro me hacia cerrar el libro para repetir unas cuantas veces la frase que acababa de leer. Y la verdad es que hasta ahora, leer nunca ha sido tan placentero como leyendo a Garcia Marquéz. Mas adelante aprendí a apreciar otro tipo de historias, con otro tipo de belleza, pero la preferencia por el estilo inconfundible e inimitable de Garcia Marquéz se me quedó. Una de las cosas que más me encanta de sus libros por ejemplo, es que tienen las mejores primeras frases. Vienen con una especia de poder místico y antiguo.. La primera frase de Los Funerales de la Mamá Grande, por ejemplo, un cuento en el no pasa mucho más que la muerte de una gorda que era la dueña de absolutamente todo, pero es una muerte tan espectacular que nos termina revelando cómo es la sociedad y la vida por estos rumbos. Su primera frase es así: “ Esta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad un martes del septiembre pasado, y a cuyos funerales vino el Sumo Pontífece.” O la primera frase de El amor en los tiempos del cólera, la más linda historia de amor que uno pueda leer. Que es la historia inspirada en lo que pasó con sus padres, comienza así: “ Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y

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