# Don't Tax the Rich

Episodio de [EN LA MIRA](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/en-la-mira-8058641), de Oscar Constantino Gutiérrez.

- Publicado: 17 de agosto de 2026
- Duración: 8 min
- Audio: https://api.substack.com/feed/podcast/211583212/eb9d261becf829f2b5f3cedc70670fe5.mp3
- Página: https://escuchario.semeescucha.es/podcast/en-la-mira-8058641/episodio/5599203-don-t-tax-the-rich

## Sobre este episodio

¿Alguna vez se han preguntado por qué tantos políticos de izquierda llegan al poder hablando de justicia, igualdad y defensa de los pobres, pero terminan rodeados de privilegios, fortunas inexplicables y gobiernos dedicados a exprimir a quienes producen? Yo creo que una parte de la respuesta está en la propia estructura moral del socialismo. El marxismo parte de una interpretación muy particular de la riqueza. En su teoría de la explotación, el trabajador genera un valor superior al salario que recibe y el capitalista se apropia de esa diferencia: el famoso plusvalor. De ahí surge una conclusión que ha contaminado buena parte del pensamiento socialista durante más de un siglo: si el empresario acumula riqueza, esa riqueza necesariamente tuvo que salir del trabajo de alguien más. El problema no es solamente económico. Es moral. Porque una vez que aceptas que la riqueza empresarial es esencialmente producto de la explotación, también aceptas que quitarle dinero al empresario deja de ser visto como quitarle algo legítimamente suyo. Se convierte en una especie de restitución. Ahí comienza el verdadero peligro. Desaparecen de la ecuación el riesgo, el ahorro, el capital, la innovación, la coordinación, el conocimiento, el talento empresarial, la capacidad para descubrir oportunidades y la posibilidad de perderlo absolutamente todo. El empresario deja de ser quien organiza recursos para producir algo que millones de personas voluntariamente desean comprar y pasa a convertirse en un explotador al que simplemente hay que tolerar hasta que llegue el momento de repartir lo que acumuló. La desigualdad deja de ser un resultado que debe explicarse y se transforma automáticamente en una acusación. Si alguien tiene más que yo, algo habrá hecho. Si una empresa gana demasiado, seguramente abusó. Si un empresario se hizo multimillonario, seguramente explotó trabajadores. Y cuando conviertes esa sospecha en ideología, la envidia deja de ser un defecto humano para convertirse en una postura política respetable. El marxismo hizo precisamente eso: convirtió el resentimiento en una explicación del mundo. Por eso frases como “tax the rich” funcionan tan bien políticamente. No dicen simplemente que el Estado necesita recaudar determinado porcentaje para financiar ciertos servicios públicos. La carga emocional es otra: ellos tienen demasiado y nosotros tenemos derecho a quitárselo . El lenguaje importa. Nunca hablan de cuánto dinero debe conservar una persona después de pagar impuestos. Hablan de cuánto pueden quitarle. Nunca preguntan cuánto Estado podemos financiar sin destruir los incentivos para producir. Preguntan cuánto más pueden pagar “los ricos”. Nunca se preguntan si alguien merece conservar el resultado de décadas de trabajo, riesgo e inversión. La riqueza misma se convierte en prueba suficiente de culpabilidad. Y esa lógica no necesariamente termina en los impuestos. También puede convertirse en una extraordinaria coartada moral para la corrupción. El político socialista puede convencerse de que él representa al pueblo y que quienes poseen capital representan a los explotadores. Entonces aparece una peligrosa deformación psicológica: apropiarse de recursos deja de sentirse como robo y comienza a sentirse como compensación. Ellos robaron primero. El sistema siempre estuvo amañado. Los ricos se hicieron ricos explotándonos. Ahora nos toca. Es una racionalización extraordinariamente conveniente para alguien que acaba de llegar al presupuesto público. Y así aparecen los revolucionarios con relojes de lujo, los enemigos del capitalismo viviendo como magnates, los dirigentes sindicales convertidos en millonarios y los políticos que llevan décadas hablando de pobres mientras sus familias descubren misteriosamente las bondades del patrimonio. No significa que todo socialista sea corrupto. Evidentemente tampoco significa que todo político de derecha sea honesto. La corrupción existe bajo prácticamente cualquier ideología porque el problema del poder también es un problema de incentivos, controles e instituciones. Pero precisamente por eso importa qué ideas utilizamos para justificar el ejercicio del poder. Una ideología que enseña que la propiedad de determinadas personas es moralmente sospechosa proporciona una herramienta peligrosísima a quien controla el Estado. Porque el saqueo ya no necesita llamarse saqueo. Puede llamarse redistribución. Puede llamarse justicia social. Puede llamarse nacionalización. Puede llamarse impuesto extraordinario. Puede llamarse expropiación. Puede llamarse aportación solidaria. El nombre cambia. La pregunta fundamental permanece: ¿con qué derecho una persona dispone por la fuerza de aquello que produjo otra? El socialismo también comete otro error fundamental: supone que la riqueza es esencialmente una cantidad existente que debe repartirse. Pero la riqueza se crea. Una computadora, un antibiótico, un avión, una plataforma tecnológica o una fábrica no aparecieron espontáneamente en la naturaleza esperando que algún político decidiera cómo distribuirlos. Fueron resultado de conocimiento, capital, experimentación, ahorro, organización, fracaso e innovación. La gran batalla económica no consiste en decidir quién obtiene la rebanada más grande de un pastel fijo. Consiste en descubrir cómo hacemos crecer el pastel. Y ahí el capitalismo tiene una ventaja moral y económica fundamental: para hacerte rico normalmente necesitas ofrecerle a otras personas algo que voluntariamente prefieran sobre el dinero que tienen en el bolsillo. Steve Jobs no necesitó confiscar millones de cuentas bancarias para vender iPhones. Millones de personas decidieron voluntariamente entregarle su dinero a Apple porque consideraban que el producto valía más que el dinero que estaban entregando. Esa diferencia entre intercambio voluntario y coerción es gigantesca. El empresario tiene que convencerte. El político puede obligarte. Por eso siempre me preocupará mucho más un gobierno demasiado poderoso que un empresario demasiado rico. Si no quiero comprarle al empresario, puedo marcharme. Cuando el Estado decide quitarme la mitad de lo que produzco, la conversación es bastante distinta. Por eso jamás apoyaría a un político socialista. No porque crea que todos sean ladrones ni porque piense que todo programa social sea socialismo. Mi rechazo es más profundo: considero que el socialismo parte de una concepción equivocada de cómo se crea la riqueza y, todavía peor, termina otorgando una justificación moral para apropiarse de lo ajeno. Y las ideas tienen consecuencias. Primero te dicen que el rico obtuvo su dinero explotando. Después te dicen que quitarle una parte es justicia. Luego descubren que nunca es suficiente. Y cuando finalmente destruyen los incentivos para invertir, ahorrar, contratar y producir, se sorprenden de que aparezcan escasez, estancamiento y fuga de capitales. Entonces buscan un nuevo culpable. El empresario. El extranjero. El especulador. El comerciante. El neoliberal. Nunca la ideología. Si queremos sociedades más prósperas, no necesitamos enseñarles a nuestros hijos a odiar al que tiene más. Necesitamos enseñarles cómo crear más. Necesitamos instituciones que castiguen el fraude, la corrupción y los privilegios, pero que protejan con la misma fuerza la propiedad, la inversión y el intercambio voluntario. Necesitamos un Estado que persiga al ladrón, no uno que compita con él. Y necesitamos derrotar intelectualmente una idea que lleva demasiado tiempo presentándose como superioridad moral: que arrebatarle a unos para entregarles a otros automáticamente constituye justicia. No. La pobreza no se combate odiando la riqueza. Se combate creando las condiciones para que millones de personas puedan producirla. Y por eso al socialismo hay que derrotarlo donde debe derrotarse una idea equivocada: en las urnas, en el debate y, sobre todo, en las ideas. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. 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