Anatomía del caos: quién gana cuando arde la calle
Sobre este episodio
Cuatro mil personas en la plaza de María Pita, más de una docena de furgones policiales en línea y las sillas de una terraza convertidas en proyectiles. Por la noche, más de un millar de personas volvieron a la calle, esta vez contra la policía. Lo que pasó en A Coruña durante el acto de Santiago Abascal tiene una mecánica que viene de lejos y que se repite en Europa. En 1978, el sociólogo Mark Granovetter demostró que basta un grupo muy pequeño dispuesto a cruzar la línea para que, en cascada, se sume gente que sola jamás lo habría hecho. Esa es la lógica del black bloc, una táctica nacida en Alemania a principios de los ochenta que no tiene siglas, ni sede, ni líder, y que funciona como una franquicia sin dueño. La hemos visto el sábado en Limoges, con el ayuntamiento histórico en llamas y más de un millar de detenidos, y el viernes en Roma y Turín. Los servicios franceses calculan que su núcleo violento ronda las cinco mil personas. Lo que crece es todo lo que se pega a ellos. Detrás hay un malestar real: una generación que hace cuentas con su sueldo y su alquiler y no le salen. Pero con la deuda pública española en el 101,4 % del PIB, lo que se reclama en la calle no cabe en las cuentas de ningún Gobierno, sea del color que sea. Y cuando una demanda no se puede cumplir, se desplaza y busca otro objetivo. A cinco semanas de las elecciones del 29 de noviembre y con una huelga general convocada para el día 11, la pregunta que importa es a quién le conviene que esto vuelva a pasar. Y qué clase de orden pedirá la gente el día que se harte del caos. Learn more about your ad choices. Visit megaphone.fm/adchoices