Boletin 39. La última lectora
Sobre este episodio
La señora Valls llegaba siempre a las diez y cuarto. Nunca a las diez, nunca a las diez y media: a las diez y cuarto, con la puntualidad de quien ha convertido un hábito en liturgia. Se sentaba en el sillón de orejas que quedaba junto a la ventana sur, el único que recibía sol a esa hora, pedía un té que nunca se terminaba y abría el libro que trajera ese día con el mismo gesto reverente con que se abre una carta esperada mucho tiempo...