# 1388 - Evangelios. Las recompensas. Mt 19:28

Episodio de [Descansando en Dios](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/descansando-en-dios), de Francisco Atencio.

- Publicado: 3 de agosto de 2026
- Duración: 7 min
- Audio: https://anchor.fm/s/486a76e0/podcast/play/123678946/https%3A%2F%2Fd3ctxlq1ktw2nl.cloudfront.net%2Fstaging%2F2026-7-3%2Fe487bb2c-0183-47a7-77ac-bf61686b88b6.mp3
- Página: https://escuchario.semeescucha.es/podcast/descansando-en-dios/episodio/4515726-1388-evangelios-las-recompensas-mt-19-28

## Sobre este episodio

1388 – Mt 19:28 – Las recompensas. Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. La conversación y el final del encuentro con el joven rico, permitió al señor enseñar a los discípulos sobre los peligros de poner la confianza y amar las riquezas, haciéndolas el objetivo prioritario en la vida y las bendiciones espirituales que vienen al abandonar esas riquezas a causa de Él. Ya el Señor había enseñado en el Sermón del Monte que: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” (Mt 6:24). La pobreza de las riquezas (Mt 19:23-26). Luego de que el joven rico “se fue triste, porque tenía muchas posesiones.” (Mt 19:22), el Señor inicia la enseñanza sobre las recompensas con un llamado a que presten atención a lo que va a decir: “De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.” Jesús ya había enseñado dar prioridad a Él que a la familia (Mt 10:37-39). Que no es posible servir a dos señores (Mt 6:24). Que “estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt 7:14). Las riquezas no condicionan la entrada en el reino de los cielos, ni su ausencia lo garantiza. No es más espiritual el que mendiga, ni es menos espiritual quien tiene muchas posesiones. El problema no está en las riquezas sino en el amor a las riquezas (1Ti 6:10). Quien ama a Dios no le será de influencia negativa si Dios le concede riquezas, pero quien ama a las riquezas no puede amar a Dios. Por eso, la iglesia no está formada por muchos poderosos, potentados, ni grandes de este mundo, sino que en ella abunda lo que es despreciado y débil por la sociedad (1Co 1:26-27). El Señor hace énfasis en la misma enseñanza, pero usando una ilustración hiperbólica: “Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.” El Señor no está tratando de enseñar una dificultad, sino una imposibilidad. La imposibilidad está en la misma naturaleza humana. Es sumamente difícil que un rico no ponga su confianza y su corazón en las posesiones materiales de las cuales es dueño. El ojo de la aguja de coser se compara con la entrada estrecha y para hacer pasar el hilo por el ojo de la aguja se necesita visión y pulso. Así también para entrar en el reino de los cielos se requiere iluminación espiritual y la decisión firme de entregarse al Salvador. Por otro lado, el rico es comparado con un camello, una bestia de carga, y ninguna carga hay mayor que la abundancia y las riquezas depositadas en el corazón. Quienes tienen grandes recursos materiales tienden a creer que no requieren recursos divinos. Entonces “Sus discípulos, oyendo esto, se asombraron en gran manera, diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible.” La salvación es total y una obra compasiva y soberana de Dios (Ef 2:8-9; Jon 2:9). Las riquezas de la pobreza (Mt 19:27-29). “Entonces respondiendo Pedro, le dijo: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos? Pedro hablando por los discípulos estaba diciendo: ¿Nosotros lo hemos dejado todo? ¿Calificamos por tanto para la vida eterna? El joven rico se negó a rendirte sus posesiones y su vida, y se le negó el reino. Pero nosotros abandonamos nuestros trabajos, nuestras familias, nuestros amigos, y todo lo demás a fin de ser tus discípulos. Por tanto, Pedro pidió oír de los propios labios de Jesús ¿qué, pues, tendremos? Ellos querían saber: “¿Qué tendremos que esperar como tus discípulos?”. A continuación, el Señor les hizo la promesa de las recompensas, “que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre

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