Portada de Crónicas de la Creación

Una calle rosada para dos, de Jorge Rosenberg

· 14 min

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Sobre este episodio

En "Zoco De La Buri Buri: Una Calle Rosada Para Dos", Jorge Rosenberg nos sumerge en un evocador recorrido por una calle emblemática, la calle Urquiza, teñida de un color rosado que simboliza la ternura y la melancolía. El narrador, en medio del otoño de 1992, transita por este lugar, donde las parejas se besan y los recuerdos de un pasado vibrante, como una final de fútbol y amigos queridos, se entrelazan con el presente. La calle, marcada por la presencia de lapachos en flor y la Iglesia de Santo Domingo, se convierte en un lienzo para la nostalgia, un espacio donde el amor y la vida se resisten a la lucha contra el inevitable amanecer, y la memoria desafía al olvido. Zoco De La Buri Buri UNA CALLE ROSADA PARA DOS por Jorge Rosenberg Muchas parejas eligen esta calle para besarse apasionadamente alapachados. No voy a luchar  contra aquel amanecer de la vida,voy a subir por la calle rosada ahora que ha llegado el otoño del 92. Voy a caminar sobre los adoquines de luz con un cigarrillo Commander en la boca. Me voy a detener en la puerta de Santiago BBC para imaginar una fiesta a la que estuve invitado una vez. Hay una gran cantidad de boletos rotos en la vereda, hace un rato nomas tiene que haber terminado la final Inti y Santiago, la cancha debe haber estado repleta,mejor dicho, la sacha tribuna y la platea. Todavía no han aparecido las primeras luces del alba ni esa línea roja y santiagueña que nos marca la existencia en el planeta, que viene desde atrás de los eucaliptos del parque , y que cuando se pone vertical se forma la calle Urquiza de los siglos por los siglos amén. Atemperada al rosado por el contrataque de una pena, de una pena honda como el mar. No sé qué hace tan temprano ese cartero con uniforme de luto. El hombre no es la medida de todas las cosas. Me invade un desencanto eutusiasta. Esta calle no se llamaría Urquiza si no fuera por los suspiros y los lapachos en flor, sin estar procesionada por la iglesia de Santo Domingo. Santo Domingo, sin esa línea roja que , desde el horizonte de un río,el Dulce ,el único ,nos alumbra el alma. Lo más precioso de la ciudad. Salta un gorrión macho embriagado por una brisa rosada y de olor a empanadilla, pero de otro día ,muy cerca un gorrión hembra se regocija en el aire del amanecer. Por esta calle hasta los pájaros prefieren andar en pareja , una calle rosada para dos. Por el amor en flor de la vida no puedo luchar contra este amanecer, siento los botes de la pelota en la cancha de Santiago y no me puedo detener ,tengo una cita con el beso y esta final que no voy a ver, estoy en celo como un triste animal. Hago para la bicicleta del diarero y veo que ha ganado Santiago en tiempo suplementario ,que es el tiempo que se me debe,con dos dobles al último de Taca-Taca. También que el jeton Rios ha metido como cuarenta. Desde la terraza de al lado, desde la casa de Tahuil se veían cómodamente los partidos, lo que no hubiera dado por estar ahí en esa final,pero bueno , ya está, solo me queda ser prisionero de este amanecer en esas veredas ensangrentadas por un suicidio colectivo de palomas que alguna vez fue. Está final no he podido ver ,pero mi memoria la conoce, la sabe. Uno camina por la calle rosada desafiando el olvido,recordando el amigo Chuli Rojo que un día me dejó parado en el foul. Estoy pensando en esta final que no he podido ver ,pero que mi memoria la conoce , la sabe ,es como si la hubiera visto. Muy mucho calor, el Ani Jiménez en el centro de la cancha,toda la familia Campitelli gritando desaforadamente a un costado, el Turco Saad caliente como Siempre ,el Zoco Acosta marcando con el dedo, Alamishky clavándola desde media cancha ,la risa constante de Smoll (nunca supe de qué se reía), los sanguches de milanesa en la cantina, los cigarros prendidos, las lamparitas verdes de la cancha Santiago. Quisiera ser un pintor para pintar este amanecer, pero solo cuento con una máquina de escribir y el recuerdo nítido de un hermoso pedazo de mi vida, solo cuento con eso y sin embargo se me ha construido una sintaxis. El lapacho florecido no es un árbol, es la decisión irrevocable de volver a vivir. Qué extraño, nos falta esa veintena de árboles que arrancaron los inquisidores de la naturaleza, para que podarlos o mocharlos un poquito si obstaculizaban a su majestad , el automotor. No, arrancaron de cuajo como veinte ,esos incoloros,insípidos, inodoros.Pero como todo rosado nunca perecerá,aquí está esta calle embriagándome en la misma época del año, del pasado o del presente , da lo mismo. Quisiera pintar este amanecer, ya ha florecido los primeros lapachos, aunque antes de florecer esta calle siempre, y también está rosada, queda como en el aire, queda en el alma, es como un beso que nunca se da cuando está marcado por la ternura en las provincias, como un corpiño que se nos ha quedado enganchado en un brazo y están en todas las estrellas del cielo. En la esquina de la Buenos Aires, Marinoni fuma y fuma, se ha pasado la noche fumando en el umbral. La sombra de la noche que pasó de dos amantes que habían respirado el perfume rosado de la dulce pasión todavía perdura. Pasa el pequeño Unzaguita parado, manejando su Ford A, ushulito. Camino por la calle Urquiza con la música lejana de Raúl Conniff y como queriendo llorar. Absolutamente nada es real en este nuevo día, no puede ser que vea sulkys en la esquina, no puede ser que ande buscando mi vida entre un beso y una final, no puede ser que la misma luz de vuelva rodada en el ojo de gato de una moto Puma que acaba de pasar, no es posible, que al atrio de la Santo Domingo le falten las rejas. Necesito imperiosamente una confirmación , no será del todo imposible que así fuera, nada es totalmente imposible en una calle rosada para dos.

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