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Tesoro y corazón

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Sobre este episodio

Una de las palabras que más nos pueden hacer resonar el corazón del Evangelio de hoy es esta: “Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón”. Es bien clarito Jesús a la hora de querer hacernos pensar y mirar bien adentro del fondo de nuestra alma y de nuestro corazón. Entonces un primer ejercicio puede ser el de leer este evangelio para poder hacer un lindo examen de conciencia, pero de manera íntegra, existencial, no meramente moral, al estilo de lo que propone Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. Ir bien al fondo, no sólo de lo que hacemos, sino de lo que somos. ¿Cuál es mi tesoro? ¿Cuáles son las riquezas de mi vida? ¿Qué atesora mi corazón? ¿Qué apegos descubro en mi vida que me impiden ser indiferente? ¿De qué cosas se llena mi corazón a diario? Porque en definitiva creo que una de las clave para poder reflexionar con el evangelio de este domingo es la libertad. Todo el texto apunta a la libertad como condición fundamental para ser y existir en el mundo. La libertad como base a partir de la cual poder ser en el mundo y llevar adelante nuestra vida. Y las condiciones las pone el mismo Jesús, recogido en el texto de hoy, en sus dos partes. Las condiciones son: pobreza y desprendimiento; servicio y perseverancia. Al principio Jesús describe el corazón del creyente. Y el corazón tiene necesariamente que ser desprendido y pobre. Es decir, buscar de corazón desprenderse de todo aquello que como riqueza me aleja de Dios y de los hermanos, de la esencia de ser discípulo misionero de la Buena Noticia de Jesús. Vivir el desprendimiento es vivir verdaderamente con sana indiferencia frente a los bienes del mundo, mucho más a los que nos propone como modelo la Cultura del Consumo y del Descarte. Vamos atrás de un montón de cosas, como persiguiéndolas y nos olvidamos que todo está en manos de Dios, que es Padre, que se ocupa de nosotros, que cuanto más tenemos y acaparamos para nosotros, menos libres nos volvemos. Esto que para algunos puede ser paradójico, termina siendo una condición esencial de la fe: para creer tenemos que ser libres. Y el exceso, todo tipo de exceso, el absolutismo de los bienes materiales, la acumulación compulsiva, el individualismo acérrimo y el buscar el propio bienestar por encima del Bien Común, nos hacen esclavos y nos hacen perder la libertad. Y si yo pierdo la libertad, no puedo amar. Ese es el secreto del amor. No queremos cumplir el sueño de Francisco de ser una Iglesia pobre para los pobres por el mero hecho de serlo, sino que pobres y desprendidos, ganar en libertad frente a los bienes y relaciones de este mundo y así hacernos libres para amar, para entregar en cada acto de nuestra vida, nuestra vida por amor. En la segunda parte, Jesús nos habla definitivamente de la actitud de servicio y perseverancia. Son dos cosas que muchas veces nos pueden costar vivir. Sobre todo la perseverancia. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! nos dice Jesús. ¡Cómo nos cuesta! ¡Cómo nos cuesta ser perseverantes en nuestro modo de vida y en nuestro estilo de seguir a Jesús! ¡Cómo nos cuesta ser perseverantes en las tareas y ministerios que asumimos dentro y fuera de la Iglesia! ¡Cómo nos cuesta muchas veces sostenernos en los compromisos que asumimos! Por eso creo que es otra de las características de la libertad: el servicio y la perseverancia. El servicio, porque nos hacemos libres para amar y el amor puesto en obras es el servicio. Pero esto no puede ser esporádico. No puede ser voluntario. No puede ser de a ratos. La solidaridad no puede aparecer solo cuando son noticias las inclemencias del tiempo que causan desastres como las inundaciones o alguien muere de frío en las calles de nuestras ciudades, pensando todavía que la calle es un lugar para vivir. No podemos vivir de veras nuestro compromiso cristiano esporádicamente y de vez en cuando. No podemos hacer de la solidaridad una virtud excepcional. No podemos ser cristianos y vivir mirándonos el ombligo, procurando nuestro propio bien, nuestro propio confort y nuestra propia seguridad a costa de los demás. Eso no es cristiano. Pobres y desprendidos; serviciales y constantes en nuestra tarea de hacernos cada día un poco más libres, para poder saber dónde está nuestro tesoro y a qué cosas se aferra nuestro corazón; y así poder poner el amor en obras, con la gracia de Jesús.

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