Monet, el artista del color y de lo vital
Sobre este episodio
Francia se prepara para rendir homenaje a uno de sus artistas más ilustres y famosos en el mundo entero. Con motivo de los 100 años del fallecimiento de Claude Monet, el padre del impresionismo, fuimos a conocer el último gran proyecto de su vida, el Ciclo de los Nenúfares, así como su casa de Giverny, donde Monet construyó su refugio para pintar y cultivó su amor por las flores y la naturaleza. Nuestro acercamiento a la figura de Claude Monet comienza en el Museo de l’Orangerie , en el corazón de París, donde se resguarda un conjunto de obras monumentales del pintor francés. Se trata de “Los Nenúfares” o lirios de agua, una de las pinturas de gran formato más extraordinarias de la primera mitad del siglo XX. Este conjunto único, catalogado como la “Capilla Sixtina del Impresionismo” por el artista André Masson, está conformado por ocho composiciones dispuestas en dos salas elípticas dentro del museo, que ofrecen al visitante la "ilusión de ser un todo sin fin, una onda sin horizonte y sin orilla". En estos ocho paneles Monet representó el estanque que albergaba los lirios de agua de su casa de Giverny, en ocho momentos del día o estaciones del año distintas. “Estas obras que nos dejó Monet son excepcionales. Son el resultado de una vida dedicada al arte. En ese momento, Monet tenía un dominio absoluto de la pintura y de la composición. Pero también una gran libertad en cada pincelada, algo que nos fascina aún hoy. Él no se consideraba un pintor moderno, pero esa libertad de ejecución inspiró a muchos artistas del período abstracto, en la segunda mitad del siglo XX. Monet abrió el camino a la pintura que nos envuelve. Hoy lo llamaríamos una instalación. Para un pintor nacido a finales del siglo XIX, es algo muy moderno, incluso, revolucionario”, explicó a RFI Cécile Girardeau, conservadora en el Museo de l'Orangerie de París. Luego del Armisticio de 1918 que puso fin a la Primera Guerra Mundial y como un gesto de paz, Monet donó los dos primeros cuadros de este conjunto, con la mediación de su amigo Georges Clemenceau. Años después y luego de muchas peripecias se logró que toda la instalación fuera llevada al Museo de l’Orangerie donde está expuesta de forma permanente. La casa de Giverny, el refugio de Monet Si Monet al final de su vida pudo crear esa obra maestra que son "Los Nenúfares" es porque además de ser un gran artista también fue un apasionado de las flores. Necesitó crearse un refugio de color y perfumes que luego plasmó en el lienzo. Ese refugio fue su casa de Giverny , en Normandía, a unos 70 km de París, que adquirió en 1890. Allí se encuentra todavía su casa, una vivienda llena de colores abierta al público siete meses al año. Monet rediseñó todo el espacio, plantó macizos de flores, jugó con la perspectiva y los colores, para crear un jardín como ningún otro. Hoy en Giverny se pueden admirar 100.000 especies de flores. En primavera se plantan 25.000 tulipanes de todos los colores. Monet también construyó un jardín japonés, con un pequeño puente sobre un estanque, donde se reflejan arces, bambúes, glicinas, y donde sembró sus famosos lirios de agua o nenúfares. “El objetivo de los jardines es que los visitantes se sientan dentro de un cuadro de Monet, como si pasearan dentro de una pintura. En cada macizo sembramos las flores una a una, como Monet pintaba sus cuadros, pincelada por pincelada, como hicieron los impresionistas. Monet levantó este jardín poco a poco, poniendo una a una las flores que le gustaban”, explicó el jefe jardinero de la Casa de Monet , Jean-Marie Avisard. Un artista de lo vital La casa de Giverny fue un oasis multicolor y la fuente de inspiración para más 250 pinturas basadas en su Recinto Normando y el Jardín de Agua. La obra de Monet está íntimamente ligada a las flores y la naturaleza, algo que conmueve aún hoy porque conecta al ser humano con su propia esencia, en opinión de Philippe Piguet, bisnieto del pintor e historiador especialista de la obra de su bisabuelo. “Vivimos en una época donde necesitamos reconectar con la naturaleza. La sociedad contemporánea sólo tiene ojos para lo objetivo, lo tecnológico, lo virtual… Pero al mismo tiempo sentimos la necesidad de volver a lo orgánico. Cuando vemos "Los Nenúfares" no estamos nada más frente a una bonita pintura de flores. Estamos frente a algo líquido y orgánico. Algo que se asemeja a nuestro propio cuerpo. Eso es lo más importante, es la piedra angular de la pintura de Monet”, aseveró Piguet.